Día del Combate Naval de Angamos
El combate
naval de Angamos se produjo el 8 de octubre de 1879 entre el blindado
peruano Huáscar, comandado por Miguel Grau y, por parte
chilena, los acorazados Almirante Cochrane y Almirante Blanco
Encalada y la goleta Covadonga.
El 8 de octubre
de 1879, los únicos buques operativos de la Marina de Guerra
del Perú eran el "Huáscar", la corbeta
"Unión", la cañonera "Pilcomayo"
y los viejos monitores clase Canonicus "Manco Cápac"
y "Atahualpa". ese día navegaban juntas el "Huáscar"
y la "Unión" que representaban la Primera y la
Segunda Divisón Naval peruana que se habían fusionado
al mando del contralmirante Miguel Grau Seminario.
El resto de
las unidades peruanas, como el caso de los viejos monitores Canonicus,
servían para defender los puertos del Callao ("Atahualpa")
y Arica ("Manco Cápac"); la "Pilcomayo"
se encontraba en otra misión.
Bolivia prácticamente
no disponía de escuadra. Años antes de que estallara
el conflicto con Chile, aquel país contaba con una fuerza
naval muy modesta, compuesta por el viejo bergantín General
Sucre, incorporado a su flotilla en 1844, cuya función
era resguardar las costas del litoral desde el Paposo hasta el
Loa. También poseía el bergantín María
Luisa, de 240 toneladas de desplazamiento, en mal estado de conservación,
el mismo que fue rematado en 1872. Otra nave era la cañonera
El Morro, embarcación pequeña pero moderna adquirida
en 1875 y puesta al servicio del ingeniero francés Andrés
Bresson, contratado por el gobierno de La Paz para efectuar estudios
y exploraciones científicas en el litoral boliviano. Había
otros buques de menor porte, todos lanchones artillados y que,
serían capturados por la marina chilena durante la ocupación
del litoral boliviano. A este escenario debe añadirse que
el ejército de Bolivia competía en modestia con
su fuerza naval, pues se componía de un general de división,
un general de brigada, nueve coroneles y otros oficiales que en
conjunto sumaban 359. La tropa estaba constituida por 1.522 soldados
armados con fusiles Remington, Martini y Winchester. La caballería
constaba de 200 hombres y la artillería sólo poseía
dos cañones rayados, dos ametralladoras de calibre mayor,
dos de calibre menor y 95 rifles de Sharfo. En aquel entonces,
los gobernantes del país del altiplano cometieron el error
de no cuidar adecuadamente su región costera, al no desarrollar
una marina y una fuerza militar disuasiva.
El 24 de mayo
el Huáscar retornó a Iquique. Poco después
inició sus solitarias correrías e hizo incursiones
en los puertos bolivianos ocupados de Cobija, Tocopilla, Patillos
y Mejillones. Ahí destruyó siete lanchas y recobró
la goleta peruana Clorinda, capturada por los chilenos. Dos días
después entabló un combate de dos horas contra las
baterías del puerto de Antofagasta y las destruyó.
El 27 destruyó el cable marítimo que conectaba a
Antofagasta y Valparaíso. Poco después, en Cobija,
destruyó otras seis lanchas. El día 28 recobró
la también capturada goleta peruana Caquetá y apresó
a su vez al velero chileno Emilia, que navegaba con una importante
carga de cobre. De regreso, el 29 de agosto, fue perseguido infructuosamente
por el blindado Almirante Blanco Encalada, entonces buque insignia
del contralmirante Juan Williams Rebolledo.
El 2 de junio
el Huáscar marchó desde Arica hacia el puerto de
Pisagua, continuó por Iquique y enrumbó en misión
de reconocimiento hacia el litoral del sur. Al día siguiente,
entre Huanillos y Punta de Lobo, volvió a encontrarse con
el Almirante Blanco Encalada y la corbeta Magallanes. En cumplimiento
de las órdenes recibidas, Grau eludió al blindado,
que marchó en su persecución. A las 13:10 horas,
siempre en retirada, el Huáscar rompió los fuegos.
Luego de un breve intercambio de disparos, continuó el
repliegue y, después de 18 horas de persecución,
evadió a su perseguidor. Posteriormente retornó
al Callao para reparar las averías sufridas durante esos
operativos. El 6 de julio, bajo órdenes expresas de no
arriesgar con los acorazados, el Huáscar partió
desde el Callao nuevamente hacia sur y el día nueve, frente
a las costas de Antofagasta, se enfrentó por primera vez
en combate con las corbetas Abtao y Magallanes, a la que causó
diversas averías, y estuvo a punto de hundir el transporte
artillado Matías Cousiño, pero ante la aparición
del Almirante Cochrane, debió suspender las acciones y
retornó a Arica. Durante dicho encuentro el Huáscar
sufrió algunos daños leves en su coraza, pero no
bajas.
El 17 de julio
se inició la cuarta campaña naval cuyo objeto era
atacar el litoral enemigo en represalia por el cañoneo
que un día antes habían efectuado buques chilenos
contra Iquique, puerto que no contaba con defensas. Entre el 19
y 20 capturó a las naves chilenas Adelaida Rojas y E. Saucy
Jack, despachándolas al Callao. El mismo 20 destruyó
todas las lanchas surtas en la bahía de Chanaral. El 21
destruyó las lanchas fondeadas en Huasco. Luego, el 22,
apresó al barco carguero Adriana Lucía.
Al día
siguiente, en operación conjunta con la corbeta Unión,
ahora bajo el mando de Aurelio García, capturó en
alta mar una valiosa presa: el transporte Rímac, cuya proa
atravesó previamente con un proyectil de a 300 y cuya cubierta
impactó con otros nueve de menor calibre. El Rímac
era uno de los mejores buques chilenos y transportaba a un escuadrón
completo de caballería perteneciente al regimiento de carabineros
de Yungay, orgullo de Chile. La captura de esa nave, que causó
a los chilenos siete bajas (un muerto y seis heridos) y la pérdida
del escuadrón al mando del teniente coronel Manuel Bulnes,
alrededor de 260 hombres armados, 215 caballos y equipo, fue un
duro golpe para los chilenos.
Este hecho
produjo una revuelta en Chile y las manifestaciones contra el
gobierno ocasionaron varios muertos y heridos. Sobre esta acción,
el comandante del Rímac, capitán Ignacio Luis Gana
escribió:
Los señores
jefes del Huáscar y de la Unión han manifestado
sus respetos al que suscribe por la impasible tenacidad de la
resistencia del “Rímac” al momento de ser prisionero,
y de tratar a mis compañeros de desgracia con toda consideración
y humanidad. Ello ha sido cumplido con una elevación tal,
que honra al Presidente del Perú, a sus subalternos y al
pueblo de Arica, que nos vio desembarcar a las 2:00 P.M. sin la
más leve demostración de júbilo ni de enojo.
Los oficiales hemos sido alojados en el cuartel de la vanguardia
de honor. A petición de los señores oficiales de
ese cuerpo y los jefes, hemos sido detenidos en casas particulares,
cuyos moradores se empeñan con sus atenciones por aliviar
nuestra mala fortuna.
El 1 de agosto
Grau emprendió una nueva campaña en la que incursionó
en los puertos de Caldera, Coquimbo, Taltal y Tocopilla. Posteriormente,
el 24 de ese mes, al enterarse que en Antofagasta fondeaban las
corbetas Magallanes y Abtao, el transporte Limari y un vapor pequeño,
Grau decidió atacarlos en la rada del puerto. A la madrugada
siguiente el blindado, mediante una hábil maniobra, logró
internarse por entre los buques chilenos y los catorce barcos
mercantes neutrales anclados en el puerto, se colocó en
posición de ataque y lanzó un torpedo contra la
Magallanes'”. Sin embargo, éste se desvió
y el Huáscar debió ir en su búsqueda para
evitar que cayera en poder del enemigo, abortando así la
intrépida acción. Un día después,
en Taltal destruyó tres lanchas enemigas y capturó
otras seis. Para entonces Grau ya era un héroe nacional
y el pueblo veía en su persona la figura de un guerrero
invencible cuyas habilidades quedaban demostradas al enfrentar
él sólo, a toda una marina. Ese mismo día,
el Congreso, en decisión unánime, lo ascendió
a contralmirante, el rango más alto al que entonces podía
acceder un oficial naval peruano.
El 28 de agosto
el Huáscar retornó a Antofagasta y se enfrentó
en combate simultáneo, una vez más, contra la corbeta
Abtao, la cañonera Magallanes y las baterías de
tierra, una de las cuales estaba provista de cinco cañones
de 300 y de 150 libras. El encuentro se prolongó cuatro
horas, al final del cual el blindado peruano sólo resultó
alcanzado por un proyectil de a 300, perdió al oficial
Carlos de los Heros y acusó un marinero herido, pero a
su vez causó serías averías y numerosas bajas
en las corbetas y destruyó quince de las baterías
terrestres. A la Abtao, tripulada por doscientos hombres, la impactó
con dos proyectiles de 300 libras, uno de los cuales destruyó
el puente de comando, la otra rompió la cubierta y carbonera
y le causó varias bajas. En total, la Abtao acusó
nueve muertos y trece heridos, dos de los cuales fallecieron posteriormente.
Se dispararon en el combate 137 cañonazos, de los cuales
28 correspondieron al Huáscar; 42, a la Abtao; 25, a la
Magallanes y 46, a las baterías del puerto.
Grau tras
ser promovido, renunció a sus haberes e insignia de almirante
para mantenerse al mando del Huáscar y continuó
su labor, bombardeando puertos fortificados, capturando transportes,
destruyendo lanchas, manteniendo abierta la comunicación
entre el Callao y los demás puertos del litoral peruano
y, consecuentemente, paralizando al ejército adversario.
Las impunes incursiones del extraordinario blindado peruano, protagonista
indiscutible de esta particular guerra de curso, continuaban exasperando
al pueblo y al gobierno de Chile. Las violentas manifestaciones
de julio frente al palacio presidencial en protesta por el estado
de inercia de la guerra y las humillaciones sufridas motivaron
interpelaciones en el Congreso chileno y la censura del gabinete
ministerial. Se produjeron renuncias de ministros y se efectuaron
inevitables cambios en las jefaturas del ejército y la
escuadra.
Los conductores
de la guerra, imposibilitados de iniciar la campaña terrestre,
coincidieron en que hundir al Huáscar era, definitivamente,
la primera prioridad militar. En ese momento, Chile y su marina
no estaban en guerra contra el Perú; lo estaban contra
Grau y el Huáscar. La escuadra chilena, en su totalidad,
consecuentemente se concentró en un sólo objetivo:
'ercar y aniquilar al escurridizo buque peruano. Como primera
medida, el contralmirante Juan Williams Rebolledo fue reemplazado
como jefe de la escuadra por el capitán de navío
Galvarino Riveros Cárdenas. El primer acto del flamante
comandante general fue levantar el bloqueo de los puertos peruanos
y retornar los barcos a sus bases para reacondicionarlos y limpiar
sus fondos.
El 30 de septiembre
Riveros reunió a su escuadra en el puerto de Mejillones.
Tras intensas deliberaciones con su Estado Mayor, se acordó
dar caza al Huáscar mediante un plan que contemplaba la
conformación de dos divisiones navales, la primera, bajo
el mando del propio Riveros, integrada por el Almirante Blanco
Encalada, la Covadonga y el Matías Cousiño. La segunda,
denominada división ligera, por ser más rápida,
a órdenes del capitán de fragata Juan José
Latorre, compuesta por el Almirante Cochrane, el Loa y la O´Higgins.
La idea era avanzar hacia el área de acción del
Huáscar, entre Arica y Antofagasta, y cercarlo.
Como primer
paso se decidió marchar rumbo a Arica, donde se esperaba
hallar al blindado y bombardear el puerto, aún a costa
del peligro que representaban los cañones de tierra, para
forzar al Huáscar a dar combate. Ese mismo día Grau,
que efectivamente se encontraba en la rada de Arica, remitió
al comandante general el que sería su último parte
de guerra, en el cual reiteró la necesidad de recibir las
potentes granadas Palliser para los cañones de la Torre
Coles, por ser las únicas capaces de atravesar el blindaje
del Almirante Blanco Encalada y del Almirante Cochrane, en caso
de combate.
Simultáneamente,
Grau recibió órdenes de partir en convoy con la
Unión y el Rímac rumbo al sur, en una séptima
expedición dirigida a sabotear los puertos chilenos entre
Tocopilla y Coquimbo. Nuevamente se le reiteró la orden
de rehuir combate con los acorazados enemigos para no comprometer
la integridad del único blindado que le quedaba al país.
Cuando la
fuerza de Riveros llegó a Arica en la mañana del
5 de octubre, se encontró con la sorpresa que, una vez
más, el Huáscar se les había escapado de
las manos. Pero el comodoro chileno esta vez no se dio por vencido,
abandonó el puerto, dividió a su naves conforme
lo establecido en los planes y continuó la búsqueda
de la difícil presa. El Huáscar, mientras tanto,
luego de dejar al Rímac en Iquique, había arribado
en compañía de la Unión a la caleta de Sarco.
Ahí capturaron a la goleta Coquimbo. Posteriormente llegaron
al puerto de ese mismo nombre y al no encontrar objetivos militares,
continuaron más hacia el sur, hasta la caleta de Tongoy,
localidad cercana al importante puerto de Valparaíso. Cumplido
el objetivo de la expedición, Grau y García y García
dirigieron sus naves rumbo al Perú.
Luego de repatriar los restos del almirante Grau, descansaron
en este sarcófago en la cripta de los héroes del
Cementerio Museo de Lima Presbítero Matías Maestro
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Luego de repatriar los restos del almirante Grau, descansaron
en este sarcófago en la cripta de los héroes del
Cementerio Museo de Lima Presbítero Matías Maestro
Mientras los
barcos peruanos navegaban de regreso, ignoraban que, silenciosamente,
el cerco tan rigurosamente planeado se iba estrechando sobre ellos.
Las dos divisiones chilenas avanzaban desde diferentes direcciones,
en posición abierta, dispuestas a cercar a su objetivo.
El Huáscar debía estar en alguna parte y esta vez
no estaban dispuestos a perderlo. Al amanecer del 8 de octubre,
frente a las costas de Antofagasta, siempre rumbo al norte, los
peruanos divisaron tres humos que se desplazaban desde esa dirección
hacia ellos. Eran el Almirante Blanco Encalada, la Covadonga y
el Matías Cousiño, que, finalmente, había
avistado a los peruanos. De inmediato Grau dispuso una maniobra
evasiva en zigzag hacia el sudoeste y ordenó a toda máquina.
Haciendo proa sucesivamente al oeste y al norte, en tres horas
el Huáscar logró evadirse y mantuvo una distancia
de ocho millas sobre sus perseguidores.
A las 07:15
horas, sin embargo la nave peruana divisó otros tres barcos
que avanzaban desde el noroeste, aquellos pertenecientes a la
Segunda División chilena, precisamente al sector hacia
donde un momento antes había puesto proa el blindado. De
inmediato Grau ordenó virar hacia el este y aumentar aún
más la velocidad. Sin embargo, en menos de una hora el
Almirante Cochrane, cuyo andar superaba al del Huáscar
en casi dos nudos, acortó distancia hasta ponerse a escasos
kilómetros de su enemigo. El Almirante Blanco Encalada
y la Covadonga, por su parte, iban acercándose peligrosamente
en dirección a la popa, al tiempo que la O´Higgins
y el Loa se dirigieron a cortar el paso a la Unión. El
contralmirante Grau dispuso virar al norte sin resultados. Pronto
comprendió que su nave, menos rápida, no podría
eludir lo que evidentemente era una trampa cuidadosamente preparada.
De inmediato ordenó a la Unión, de mayor velocidad,
continuar por ese rumbo hacia Arica.
García
cumplió las órdenes de Grau, al saber que su buque
de madera sería destrozado fácilmente si comprometía
combate con los blindados y seguro de que el repliegue era el
único modo de salvar el buque para el país, lo que
el hábil marino finalmente lograría, sin que la
O´Higgins y el Loa pudieran impedirlo. Siendo inevitable
el encuentro, Grau ordenó zafarrancho de combate, izó
el pabellón de guerra y se dispuso a dar batalla contra
fuerzas ampliamente superiores.
Pronto, aquel
buque de 1.130 toneladas y cinco cañones se enfrascaría
en un desigual duelo contra dos potentes acorazados y una goleta,
que en conjunto superaban las 7.500 toneladas, con un total de
47 cañones, seis ametralladoras y ocho tubos lanzatorpedos,
con los acorazados protegidos por el doble de blindaje. Quizás,
mientras se efectuaban las maniobras previas a la batalla, algunos
tripulantes se detuvieron a ver, por última vez, la inscripción
que destacaba sobre el timón de popa del Huáscar:
"El hombre honrado, leal y valiente inspira honor y orgullo
a sus compatriotas. El traidor y cobarde es el baldón y
deshonra de su patria".
A las 09:25
horas, el Huáscar inició la contienda y a larga
distancia disparó una andanada de proyectiles contra el
Almirante Cochrane, algunos de los cuales alcanzaron la galera
del blindado, pero sin dañarlo. El Almirante Blanco Encalada
y la Covadonga, mientras tanto, continuaban acercándose.
El Almirante Cochrane, por su parte, no respondió a los
tiros y fue acortando distancia. A las 09:40 jpras, cuando se
encontraba 2.000 metros a babor del Huáscar, Latorre ordenó
cañonear a su adversario. La diestra conducción
de Grau, sin embargo, permitió al blindado realizar hábiles
y temerarias maniobras, al extremo que intentó atacar con
el espolón al Almirante Cochrane, pero la mayor velocidad
de esta nave, provista de doble hélice, permitió
esquivar lo que quizás hubiera sido una embestida mortal.
La acción entonces se hizo general y los cañones
chilenos se trabaron en feroz intercambio con los Armstrong peruanos.
Pronto las
granadas Palliser y Sharpnell del Almirante Cochrane impactaron
en el buque peruano y causaron efectos demoledores. Una de estas
perforó el blindaje del casco de la torre de artillería
e hirió a los doce marineros que servían la ronza
de los cañones. Otra descarga cortó el guardín
de babor de la rueda de combate, lo que ocasiono varias bajas,
un incendio y trabó el mecanismo de maniobra en razón
que los cuerpos de los caídos quedaron apiñados
alrededor de la torre. El Huáscar, sin embargo, respondió
y uno de sus proyectiles de 300 libras entró en la casamata
del Almirante Cochrane a través de una apertura, explotó,
la dañó y puso fuera de combate a todos sus operarios.
Por unos instantes el Huáscar pareció recuperar
ventaja. Sin embargo, aproximadamente a los veinte minutos de
combate, un proyectil de fragmentación del Almirante Cochrane
cayó a boca de jarro sobre la torre de mando, atravesó
su blindaje, causó una horrenda explosión y mató
al almirante Grau y a su ayudante, el teniente Diego Ferré.
El proyectil inutilizó además completamente la rueda
de gobierno y los telégrafos de las máquinas. Muerto
el almirante, asumió el mando el segundo de a bordo, el
capitán de corbeta Elías Aguirre Romero, bajo cuyas
órdenes se continuó un combate tenaz y sostenido.
Entonces el
Almirante Blanco Encalada y la Covadonga, ahora a sólo
200 metros de distancia de la aleta de estribor del blindado peruano,
entraron en acción. El Huáscar quedó así
encerrado entre los dos blindados chilenos, con el paso cortado
por la corbeta. En tal situación dirigió sus cañones
contra el Almirante Blanco Encalada y también buscó
embestirlo con el espolón, pero éste, al igual que
el Almirante Cochrane, logró esquivar el ataque. Otra maniobra
del Huáscar lo colocó en el centro de los dos acorazados,
giró su torre y disparó hacia uno y otro. Sin embargo,
los proyectiles rebotaban sin poder atravesar sus fuertes corazas.
Dicha posición, no obstante, impidió por unos instantes
que ambos buques chilenos dispararan por temor a dañarse
mutuamente. En cierto momento del combate, una mala maniobra del
Almirante Blanco Encalada estuvo a punto de provocar una colisión
con el Almirante Cochrane, lo que se evitó gracias a la
pericia del comandante de esta última nave. Esta situación
no duró mucho. Las dificultades de manejo no permitían
al Huáscar mantener una dirección constante. Los
acorazados entonces cambiaron de posición y continuaron
el fuego.
En poco tiempo
el comandante Aguirre corrió igual suerte que Grau y fue
destrozado por un proyectil. Asumió entonces el mando el
tercer oficial, el capitán de corbeta Melitón Carvajal
Ambulodegui, quien pronto cayó herido víctima de
una cerrada descarga, y debió ser reemplazado por el siguiente
oficial en jerarquía, el teniente primero Melitón
Rodríguez, que al igual que sus predecesores encontró
la muerte en su puesto de mando. Para entonces el combate se había
vuelto una carnicería y el Huáscar, prácticamente
sin control debido a los impactos en su línea de flotación,
quedó a merced de los cañones del adversario.
Dentro del
blindado, el cirujano de la nave, Santiago Távara, hacía
esfuerzos sobrehumanos por salvar la vida de los tripulantes heridos
cuyo número se multiplicaba conforme proseguía la
titánica lucha. Aun en tales condiciones, el espartano
Huáscar continuó el combate sin dar ni pedir cuartel,
no obstante ya no podía maniobrar ni girar y se hallaba
prácticamente ingobernable, debido a la destrucción
de los aparejos y cáncamos de la caña y cadena del
timón. El número de proyectiles que lo impactaron
era interminable, pues apenas había sección que
no hubiera sido destruida. Dos de estos ocasionaron incendios
en las cámaras del comandante y de los oficiales y los
destruyeron completamente. Otra granada penetró en la sección
de la máquina, que en total fue remecida por cuatro cañonazos
y se produjo un nuevo incendio. El teniente primero Pedro Garezón
ahora comandaba el buque, cuya cubierta destrozada por los proyectiles
estaba regada de sangre, cadáveres y heridos. A las 10:10
la bandera peruana cayó del mástil, hecho que fue
interpretado por los chilenos como símbolo de rendición,
pero el teniente primero Enrique Sixto Palacios Mendiburu, entre
una lluvia de balas, siete de las cuales lo atravesaron en el
momento, la izó nuevamente sobre el maltrecho mástil
y continuó el combate.
Garezón,
en gesto futil, intentó por última vez recurrir
al espolón, pero el Huáscar no respondía
más, convertido en un cementerio de acero flotante, cuya
única señal de vida eran los sobrevivientes que
a duras penas hacían sentir el rugir de sus maltrechos
cañones y metrallas. Otros dos incendios se desataron,
uno bajo la torre del comandante y el otro a la altura de la proa.
Pronto el último cañón de la torre Coles
fue destruido, uno de los calderos reventó y terminó
por cubrir la nave de humo, mientras el fuego y los gritos de
los heridos se convirtieron en los últimos alientos del
moribundo blindado. Habían transcurrido noventa minutos
de épico combate y ya sin posibilidades de continuar la
resistencia, Pedro Garezón y los tres oficiales de guerra
que quedaban en pie, acordaron hundir la nave. En consecuencia,
se dio la orden al primer maquinista para que abriera las válvulas,
lo que este hizo de inmediato, luego de detener la máquina
por completo. A las 10:55 el Almirante Cochrane y el Almirante
Blanco Encalada suspendieron el cañoneo y al comprender
que el Huáscar se iría a pique, enviaron una dotación
armada en lanchas para abordarlo. Cuando los marinos chilenos
rindieron a los sobrevivientes peruanos, impedidos de resistir
el abordaje, el Huáscar ya tenía 120 centímetros
de agua y estaba a punto de hundirse por la popa.
Revólver
en mano, los oficiales chilenos ordenaron a los maquinistas cerrar
las válvulas y posteriormente obligaron a los prisioneros
a apagar los fuegos que consumían diversos sectores de
la nave. La lucha había concluido y la extraordinaria presa
de guerra había sido capturada.
Durante el
combate los acorazados chilenos lanzaron 150 cañonazos
contra el Huáscar y le impactaron 76, de los cuales 20
eran granadas Palliser de 250 libras, que penetraron fácilmente
su coraza. El resto fueron proyectiles de diverso calibre, más
un número indeterminado de balas de metralla, que no dejaron
ninguna sección del blindado intacta. De sus 200 tripulantes,
alrededor de 40 murieron, entre ellos cuatro de los doce oficiales
que integraban el Estado Mayor y de Guerra y el resto tuvo heridas
de diversa consideración. Los sobrevivientes fueron llevados
al puerto de Mejillones para enterrar a los muertos y efectuar
reparaciones temporales al Huáscar, que luego fue conducido
con los prisioneros a Valparaíso. La primera comunicación
sobre el combate, dirigido por el comodoro Riveros al ministro
de marina señalaba:
Huáscar
hecho pedazos. Miguel Grau murió en combate. La tripulación
del blindado peruano resistió heroicamente
El parte oficial
del comandante La Torre añadió:
La muerte
del contralmirante peruano, don Miguel Grau, ha sido, señor
comandante general, muy sentida en esta escuadra, cuyos jefes
y oficiales hacían amplia justicia al patriotismo y valor
de aquel notable marino.
A su vez el
gobierno chileno envió a Riveros el siguiente mensaje:
Según
la relación de usted, el almirante Grau ha muerto valientemente
en el combate. Cuide usted que su cadáver sea dignamente
sepultado de manera que jamás se dude de su autenticidad.
Será devuelto al Perú cuando lo reclame. El pueblo
obedeciendo a sus tradiciones se hace un deber en prestar homenaje
al valor y la honradez.
El despacho
del corresponsal del diario El Mercurio, Z. Freire, que visitó
la nave luego del combate, detalló el estado de la nave,
epílogo de la intensidad de la lucha que enfrentaron los
marinos peruanos:
Pintar la
escena de desolación y carnicería que ofrecía
la cubierta y el entrepuente del Huáscar al finalizar su
resistencia es tarea más difícil que suponerla.
La cubierta era invadida por los heridos a quienes se traía
arriba con objeto de sacarlos de la atmósfera pesada y
cargada de humo que abajo se respiraba. Lo que una vez fueron
cámaras, salones y camarotes, eran ahora un hacinamiento
de madera trozada, ropa despedazada, miembros humanos, sangre
y cascos de granadas en horrible confusión; los pasillos
de la torre estaban sembrados con los restos de marineros muertos
en ella o manejando las cigüeñas con que se les hace
girar, y por cualquier parte del buque o donde se volviera la
vista no se presentaban sino ejemplos de los efectos increíbles
producidos por la explosión de las granadas Palliser de
los blindados.
Por su parte,
el teniente Teodoro B. Mason, oficial a bordo del USS Pensacola,
del escuadrón norteamericano del Pacífico, que participó
en la inspección del Huáscar después del
combate, presentó a la Oficina de Inteligencia Naval de
los Estados Unidos un informe sobre el estado del blindado peruano.
Dicho documento publicado en 1883 con el título de The
War on the Pacific Coast of South America Between Chile and the
Allied Republics of Peru and Bolivia, señalaba lo siguiente:
Prácticamente
no había una yarda cuadrada de las partes altas del Huáscar
que no hubiera sido alcanzada por alguna clase de proyectil. Sus
torres estaban casi destruidas, sus botes idos... Abajo la escena
era mucho más terrible. En todas partes había muerte
y destrucción causada por los enormes proyectiles enemigos.
Dieciocho cuerpos fueron retirados de la cabina y la torre estaba
repleta con los restos de dos grupos de artilleros.
Pero quizás
el recuento más interesante provenga del británico
Edwin B. Penton, ciudadano británico quien pertenecía
a la dotación del Almirante Cochrane y uno de los responsables
de llevar al Huáscar hacia Valparaíso. Penton escribió
un diario con sus impresiones de la campaña naval, incluyendo
el combate de Angamos y el estado del blindado al abordarlo. De
acuerdo al reporte de Penton, el combate se inició a una
distancia de 3.000 yardas y tuvo una duración de 105 minutos,
desde las 09:20 horas hasta las 10:55. Menciona la existencia
de 193 tripulantes peruanos, de los cuales 64 resultaron muertos
y 129 fueron heridos o hechos prisioneros. Sus impresiones sobre
la situación del Huáscar no pueden ser más
gráficas:
Lo primero
que vieron nuestros ojos fueron trozos de cubierta, pedazos de
madera, hierro, proyectiles rotos y numerosos artículos,
todos mezclados con los cuerpos de los muertos, los moribundos
y los heridos... algunos sin cabeza, otros sin brazos, otros sin
piernas y algunos sólo con troncos, algunos con sus ropas
quemadas, otros con los botones de sus chaquetas desprendidos,
quemados por efecto de los proyectiles. Este desagradable espectáculo
era igualmente malo tanto abajo como en cubierta, cuerpos que
yacían a montones, encima, a lo largo y cruzados uno con
el otro entre los escombros, tal como cayeron. En un grupo al
extremo posterior de la nave yacían siete hombres formando
un montículo, quienes habían sido muertos por efecto
de una granada explosiva que había atravesado la nave.
Estos hombres estaban atendiendo la rueda de manejo del barco.
El hombre de encima no tenía cabeza. A cualquier parte
que íbamos, en cubierta, abajo, en la torre, en el cuarto
de máquinas y en todas partes, encontramos cadáveres
que habían caído en diferentes actitudes, un horror
de describir. Aparte de los heridos, en la parte más alta,
yacía un hombre muerto al que bajamos y que había
sido acribillado mientras atendía los titraelleurs, no
obstante esa parte estaba protegida en su alrededor por placas
de hierro. Estas visiones tremendas superan toda descripción.
El último
Comandante del Huáscar, el teniente primero Pedro Garezón,
en el parte oficial que eleva al capitán de fragata Manuel
Melitón Carvajal, dice:
Tengo el
honor de poner en conocimiento de V.S. los hechos ocurridos a
bordo del monitor Huáscar, durante el combate que sostuvo
con los blindados chilenos Blanco Encalada y Cochrane y goleta
Covadonga el 8 del actual, frente a Punta Angamos, y después
de la lamentable pérdida del señor Contralmirante
don Miguel Grau, de haber Ud. caído herido y muerto el
Segundo Comandante, Capitán de Corbeta Elías Aguirre,
el Teniente 1º don Diego Ferré y el de igual clase
don Melitón Rodríguez.
En este momento
el Huáscar se encontraba sin gobierno por tercera vez,
pues las bombas enemigas, penetrando por la bobadilla, habían
roto los aparejos y cáncamos de la caña, lo mismo
que los guardines de combate y varones de cadena del timón.
Estas bombas al estallar ocasionaron por tres veces incendio en
las cámaras del comandante y oficiales, destruyéndolas
completamente. Otra bomba había penetrado en la sección
de la máquina, por los camarotes de los maquinistas, produciendo
un nuevo incendio y arrojando los mamparos sobre los caballos,
que pudieron continuar en movimiento por haberse arreglado con
la debida actividad los destrozos que cayeron sobre ellos. También
tuvimos otros dos incendios, uno bajo la torre del comandante
y el otro en el sollado de proa.
En este estado
y siendo de todo punto imposible ofender al enemigo, resolví
de acuerdo con los tres oficiales de guerra que quedábamos
en combate, sumergir el buque antes de que fuera presa del enemigo,
y con tal intento mandé al Alférez de Fragata, don
Ricardo Herrera, para que en persona comunicara al primer maquinista,
la orden de abrir las válvulas, la cual fue ejecutada en
el acto. Habiendo sido para ello indispensable parar la máquina,
según el informe que acompaño del dicho maquinista.
Eran las
10.10 a.m. cuando se suspendieron los fuegos del enemigo. El buque
principiaba ya a hundirse por la popa y habríamos conseguido
su completa sumersión si la circunstancia de haber detenido
el movimiento de la máquina, no hubiera dado lugar a que
llegaran al costado las embarcaciones arriadas por los buques
enemigos, a cuya tripulación no nos fue posible rechazar
por haber sido inutilizadas todas las armas que teníamos
disponibles. Una vez a bordo los oficiales que las conducían,
obligaron a los maquinistas, revólver en mano, a cerrar
las válvulas, cuando ya teníamos cuatro pies de
agua en la sentina y esperábamos hundirnos de un momento
a otro; procedieron activamente a apagar los varios incendios
que aún continuaban y nos obligaron a pasar a bordo de
los blindados junto con los heridos.
El número
de proyectiles que ha recibido el buque no se puede precisar,
pues apenas ha habido sección que no haya sido destruida,
haciendo imposible un examen detenido por la aglomeración
de destrozos y el poco tiempo de que hemos podido disponer para
ello.
Antes de
concluir creo de mi deber manifestar que todos los oficiales y
tripulantes del buque se han distinguido por su entusiasmo, valor
y serenidad en el cumplimiento de sus deberes.
Debo manifestar
igualmente que cuando los oficiales y tripulación de los
botes subieron a la cubierta del buque, encontraron el pico caído
por haberse roto la driza de cadena que lo sostenía, de
manera que el pabellón que pendía de él y
que había sido izado por segunda vez, se encontraba en
la cubierta, cuya circunstancia la hice notar al Teniente 1º,
señor Toro del Cochrane y a otros oficiales cuyos nombres
no recuerdo.
El parte anterior
es producto del informe que eleva el primer ingeniero del Huáscar,
Samuel Mc Mahon a Garezón. Dicho parte dice:
En cumplimiento
de mi deber, tengo el honor de poner en conocimiento de Ud. todo
lo ocurrido en el departamento de la máquina durante el
combate con los blindados chilenos y la goleta Covadonga el 8
del presente.
A las 4 a.m.
recibí orden de de ir a tomar fuerza con la máquina,
porque algunos buques estaban a la vista; aumenté el andar
a 60 revoluciones, teniendo 25 a 26 libras de vapor.
A las 5.40
recibí orden del señor Contralmirante Grau para
disminuir el andar. Desde esta hora hasta cerca de las 8.30 a.m.,
la máquina iba de 25 a 24 revoluciones por minuto.
El blindado
Cochrane y dos buques más se avistaron por el Norte cerca
de las 7.30 a.m., pero a distancia que sólo se veían
los humos y no muy claros; por eso el señor Contralmirante
Grau, creyendo sin duda pasar claros sin aumentar el andar, no
me dio orden para ello.
A las 8.30
a.m., me llamó el señor Contralmirante y me ordenó
que fueran tres a cuatro revoluciones más; después
de dar las órdenes necesarias subí a la cubierta
para ver la posición de los buques enemigos y vi, en efecto
que el blindado Cochrane nos ganaba acercándose notablemente;
volví a la máquina y di orden para hacer todo el
vapor posible, teniendo ya bien seguras todas la válvulas
de seguridad para dar la mayor presión y entonces tuvimos
de 25 a 30 libras de vapor; lo que con 26 a 27 pulgadas de vacío
daba la máquina de 60 a 63 revoluciones. Si el buque hubiera
estado con sus fondos limpios habría andado doce o más
millas en lugar de once, que, en mi concepto, es lo más
que ha andado el buque.
La primera
bomba que tuvo efecto en el departamento de la máquina
fue por el costado de babor, en mi camarote, rompiendo la lumbrera
y echándola encima de los caballos, así como también
una porción de tornillos y pernos del blindaje, produciendo
un incendio en dicho lugar. La segunda se llevó el cubichete
de la máquina arrojando encima de los caballos una lluvia
de de trozos de madera. La tercera vino de popa, por la cámara
de oficiales, trayendo gran cantidad de astillas y mamparos rotos
a la máquina. La cuarta vino por el costado de estribor
al centro del departamento, reventando dentro, rompiendo los camarotes
de dicho lado y destruyendo todo el departamento; esta bomba dejó
algunos muertos e hirió a otros, entre los que se encontraba
el doctor Távara y el señor John Griffche, capitán
de la presa Coquimbo. En ese momento la máquina estaba
completamente cubierta de trozos de madera y fierro. Gracias a
la providencia no hubo ninguna avería en la máquina;
durante este tiempo todo el departamento estaba lleno de humo,
procedente del incendio ocasionado por las bombas. En la sala
de fuegos no hubo avería material, pero a causa del número
de bombas que habían reventado en su interior la chimenea
estaba llena de humo y de hollín, haciendo imposible ver
los indicadores de vapor y de agua de las calderas. Como las cámaras
estaban demolidas, fue necesario mandar abajo a los heridos; la
mayor parte de ellos fueron puestos en las carboneras de proa.
El Capitán
de Fragata señor Carbajal fue conducido con dos o tres
más al pañol de la máquina. En este estado
y viendo los oficiales que era imposible la salvación del
buque, recibí orden personal y privada del Alférez
de Fragata don Ricardo Herrera, para abrir las válvulas
y echar el buque a pique, cuya orden la ejecuté en el acto,
con toda la actividad y deseos posibles, sacando todos los heridos
de abajo. Después de esto tuve que parar la máquina
para sacar las puertas de los condensadores; pero no tuve tiempo
suficiente para concluir de sacarlas, pues fuimos abordados y
tomados prisioneros. En ese momento el buque tenía tres
o cuatro pies de agua en la sentina superior; en pocos momentos
más iba a comenzar a entrar agua por los agujeros de las
bombas enemigas y el buque su hubiera ido violentamente a pique.
Yo y el segundo ingeniero fuimos amenazados con revólver
al pecho diciéndonos que moviésemos la máquina
y sacásemos el agua; nosotros rehusamos el hacerlo por
ser prisioneros de guerra; pero nos dijeron que los ingenieros
del Rímac habían sido forzados a entregar la máquina
bien y que nosotros teníamos que hacerlo so pena de morir.
No concluiré
sin manifestarle que he tenido gran placer al ver el entusiasmo,
valor y disciplina de mi gente; todos han cumplido con su deber
hasta el último momento, particularmente el segundo ingeniero
señor Thomas Hughes, a quien había encargado del
cuidado de todos los maquinistas y de la gente de la parte de
abajo, y no subió hasta que vio que el agua estaba cerca
de las hornillas.
Al día
siguiente del combate se realizaron las honras fúnebres
en honor a los muertos del Huáscar, en presencia del ministro
de Guerra en campaña, Rafael Sotomayor Baeza, el comandante
en jefe de la Escuadra, Galvarino Riveros, y los comandantes de
las naves.
Los batallones
Chacabuco y Zapadores formaron para la ocasión y las tropas
del primero rindieron honores al almirante Grau y a los otros
oficiales y tripulantes muertos. La captura del Huáscar
otorgó finalmente a Chile el dominio absoluto del mar,
después de que su flota entera se batiera por casi seis
meses contra aquel barco y le dio campo libre para iniciar las
operaciones terrestres, cuyo primer paso sería el desembarco
en Pisagua. Al Perú sólo le quedaban los vetustos
monitores Canonicus, las corbetas Unión y Pilcomayo, la
cañonera Arno y las torpederas. Ninguno de estos barcos
estaba en capacidad de enfrentar a los fuertes acorazados chilenos,
a los que pronto se uniría el capturado Huáscar,
aunque sí prestaron valioso apoyo en llevar necesarios
pertrechos a las guarniciones peruanas en el sur, rompiendo diestramente
los bloqueos impuestos por el adversario. Grau había realizado
una campaña extraordinaria. Luchando contra la adversidad
y contra una gran escuadra, dentro de grandes limitaciones había
logrado resultados que pocos han podido igualar en la historia
naval moderna.
Aunque no
habría ya acciones navales de gran envergadura en la Guerra
del Pacífico, una serie de eventos particulares demostraron
la determinación de los oficiales navales peruanos a pesar
de su desventaja. Al margen de ello sin embargo, para todo efecto
la guerra en el mar había concluido, lo cual permitió
el inicio de la campaña terrestre con el desembarco del
ejército expedicionario chileno en Pisagua y el inicio
de cruentas batallas en el sur. Para evitar que la flota cayera
en manos del enemigo, en enero de 1881, luego de las batallas
de San Juan y Miraflores, el gobierno decidió destruir
las restantes naves de la escuadra, es decir, la corbeta Unión,
el monitor Atahualpa, la cañonera Arno, el submarino y
todas las lanchas torpederas y los transportes militares. Con
estas acciones, la marina peruana dejaría de existir temporalmente,
hasta su renacimiento a fines del siglo XIX.
En cuanto
al Huáscar, luego de las reparaciones a las que fue sometido,
se le integró a la escuadra chilena con el mismo nombre.
Participó sin pena ni gloria en el bloqueo naval de Arica
y en febrero de 1880 fue alcanzado por un proyectil del Manco
Cápac, pereciendo en la acción su nuevo comandante,
Manuel Thomson Porto Mariño. En 1882 sufrió algunas
modificaciones en los astilleros chilenos, donde se le agregaron
dos cañones Elswick de 10 pulgadas, mientras que a la Torre
Coles se le incorporó un sistema de rotación a vapor.
Sin embargo, el legendario buque no vio más acción
durante la guerra. Participó en la guerra civil chilena
que enfrentó al presidente Balmaceda con el congreso en
la última década del siglo XIX. En 1901, tras el
estallido de una cañería a vapor que mató
a catorce tripulantes, la nave quedó inutilizada. Reparada
parcialmente, sirvió en puerto a la fuerza chilena de submarinos.
A partir de 1930 el blindado permaneció anclado en el arsenal
de Talcahuano. Veintidós años después fue
convertido en museo y, junto con el legendario Victoria de Nelson,
es uno de los pocos barcos del mundo que, habiendo servido en
distinguidas acciones navales, aún se preserva intacto.
Años
después el 4 de setiembre de 1890, su último Comandante
Pedro Gárezon, escribió un memorando, en el que
dice:
"Después
de abordado el Huáscar, por embarcaciones al mando de tenientes
del Cochrane y del Blanco Encalada, yo me negué a ser conducido
prisionero con los únicos tres oficiales de Guerra de la
dotación que quedaron conmigo en combate; tenientes segundos
SS. Canseco y Santillana y alférez Herrera. La razón
fue por no haber encontrado hasta esos momentos (11h 50 m. a.m.)
los restos del Contralmirante Grau, y haber sido yo el último
en quien había recaído el mando del buque.
El primer
teniente señor Simpson, que era el jefe de los que abordaron
el Huáscar, me manifestó con su silencio que podía
continuar a bordo, y, en efecto, todos los demás fueron
conducidos prisioneros a los blindados, y yo permanecí
a bordo hasta las 4 o 5 de la tarde.
Cuando las
dos bombas enemigas destruyeron la torre del comandante, cayó
un cuerpo a la cubierta del sollado de la torre de combate y a
la voz de ¡ha muerto el comandante! ese cuerpo fue llevado
a la cámara. Por el humo que cubría todo el sollado
y pasajes de combate, no se pudo reconocer el cadáver,
así es que durante el combate estábamos en la creencia
de que el cadáver del Contralmirante estaba en la cámara
de popa.
Cuando me
quedé solo, me dirigí inmediatamente a la cámara
de popa y todos mis trabajos fueron inútiles: entre todos
los cadáveres no se encontraba el que yo buscaba.
Momentos
después se acercó a mi el primer teniente señor
Goñi (hoy comandante del Blanco); me preguntó por
lo que yo con tanto interés buscaba, y le contesté:
lo he buscado en las dos cámaras, el cuerpo que trajeron
fue del primer teniente Ferré, el cual se ha encontrado
íntegro, vamos a la torre del comandante a buscarlo, a
lo que me respondió Goñi: "Aguardemos un momento
para que acaben de apagar el incendio en la torre".
Media hora
después se acercó un marinero donde su teniente
Goñi y le dijo que ya podíamos pasar a la torre.
Con este aviso salimos a la cubierta; Goñi se quedó
al costado de la torre y al lado de afuera, y yo penetré
en ella por el lado de babor y por el gran boquete que habían
abierto las dos bombas enemigas que atravesaron la torre del Comandante,
en la dirección de la amura de estribor a la aleta de babor.
Rebuscando
los escombros dentro de la torre encontré, confundido con
las astillas de madera y pedazos de fierro, que ahí existían,
al lado de estribor y como a la altura de un metro, un trozo de
pierna blanca y velluda, sólo desde la mitad de la pantorrilla
al pie, el que estaba calzado con botín de cuero; y la
capellada del botín había desaparecido como si se
la hubiese cortado cuidadosamente con una cuchilla muy fina sin
dañarse la suela ni las uñas de los dedos que estaban
completamente desnudos; por la situación de ellos conocí
que era pierna derecha; esto fue todo lo que encontré de
4 a 5 de la tarde.
Como el teniente
Goñi se hallaba en la cubierta y al costado de la torre
esperando el resultado, le pasé por encima de la torre
el único resto que quedaba de nuestro Contralmirante; él
llamó entonces a un sargento y la pierna fue envuelta en
un pabellón de bote.
En una falúa
del Blanco nos embarcamos las tres personas que fuimos autores
de esta triste escena y conducimos, a bordo de dicho buque, ese
pedazo de la patria querida.
El teniente
Goñi, que tanto interés manifestó porque
se recogieran, fue desde ese momento el custodio de ellos, y se
colocaron dentro de un aparato con alcohol a bordo del Blanco.
Esa misma
noche nos trasladaron del Blanco al transporte Copiapó,
y al día siguiente, el jueves 9, me mandó el Comandante
General señor Riveros, a un oficial para decirme que nombrara
a uno de mis oficiales para que pusiera en tierra, (Mejillones
de Bolivia), las marcas correspondientes a los cadáveres
que se iban a sepultar. Yo envié a esa comisión
al inteligente contador Juan Alfaro, y a su regreso me dio parte
de que todos los cadáveres quedaron sepultados y que los
restos del Contralmirante quedaban en una cajita, habiéndose
puesto como distintivo una cruz de madera con letras negras. El
teniente Goñi dejó también marcado ese sitio
con una banderita peruana.
Los cadáveres
de Elías Aguirre 2º Comandante, y de los tenientes
primeros Ferré y Rodríguez, quedaron igualmente
sepultados y con sus nombres en sus respectivas cruces.
Yo tengo
la plena seguridad que esos restos son del Contralmirante Grau:
1º porque yo había estado sirviendo con él
cinco años y lo conocía bastante, y 2º porque
en la torre del comandante no estaban más personas que
él y su ayudante Ferré; el cuerpo de éste
se encontró íntegro: luego, lo que en ese lugar
encontré, tenía que ser del Contralmirante Grau.
El hoy obispo
de Chile, Ilustrísimo señor Fontecilla, fue el primero
que le dijo una misa en Mejillones de Bolivia al Contralmirante.
Poco tiempo
después el señor Contralmirante Viel, de la marina
de Chile, pidió a su Gobierno por medio de una solicitud,
que le permitiera trasladar los restos de Grau al mausoleo de
su familia en Santiago (el Contralmirante Oscar Viel y Toro, casado
con la hermana de doña Dolores Cabero, esposa de Grau,
era concuñado del Contralmirante Miguel Grau Seminario),
donde se encuentran los restos del Ilustre General Viel, veterano
de la Independencia.
El 22 de
junio último el Ministro del Perú don Carlos Elías,
fue en persona a dicho mausoleo para hacer la traslación
de los restos a la urna en que fueron conducidos al Perú.
Yo hablé con nuestro indicado Ministro, el día siguiente
de la traslación, y según todas las explicaciones
que me dio en la casa Legación en Santiago, los restos
que trasladó eran los mismos que yo saqué de la
torre el día del combate, y son también los que
existen hoy en el cementerio de Lima.
Al entrar
en combate el Contralmirante vestía pantalón azul
sin galón, levita-paletot de paño castor del mismo
color con tres botones prendidos en las bocamangas; llevaba prendidas
las presillas de Capitán de Navío, calada la gorra
con placa y calzado botines de cuero con elásticos. La
espada se la llevó a la torre su mayordomo Alcíbar,
poco antes de entrar en combate. El Contralmirante no llegó
a usar a bordo el uniforme de su clase ni arboló su insignia
de Contralmirante.
Mi puesto
a bordo, durante este episodio tan memorable, era el de Oficial
de Derrota y Señales, y mi clase la de teniente primero".
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