Combate Naval de Iquique
A las 8 del
21 de mayo los blindados peruanos alcanzaron las cercanías
de Iquique y de inmediato se aproximaron para neutralizar a los
buques chilenos que se encontraban en la entrada de la bahía.
Sorpresivamente y no obstante su inferioridad, estos rehusaron
rendirse y se dispusieron a dar combate. Al comprender que no
quedaba más remedio que resolver la situación por
la vía de las armas, el comandante Grau arengó entonces
a su tripulación:
“Tripulantes
del Huáscar. Ha llegado la hora de castigar a los enemigos
de la patria y espero que lo sabréis hacer cosechando nuevos
laureles y nuevas glorias dignas de brillar al lado de Junín,
Ayacucho, Abtao y 2 de Mayo. ¡Viva el Perú!”.
Casi a la
misma hora, cuando la neblina comenzaba a despejarse el vigía
de la “Covadonga”, gritó: “¡humos
al norte!”. El capitán de corbeta Carlos Condell
de la Haza comunicó el hecho al capitán de fragata
Arturo Prat Chacón, comandante de la «Esmeralda».
La corbeta
«Esmeralda», la principal nave chilena, disponía
de una tripulación de casi doscientos hombres, número
similar a la dotación del “Huáscar”.
La arenga de su comandante no fue menos emotiva:
“¡Muchachos:
La contienda es desigual, pero, ánimo y valor. Nunca se
ha arriado nuestra bandera ante el enemigo y espero que no sea
ésta la ocasión de hacerlo. Por mi parte, os aseguro,
que mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar
y si yo muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber”.
Los gritos
de ¡Viva el Perú! y ¡Viva Chile! retumbaron
en los dos extremos de las aguas de Iquique, testigos silenciosas
del primer duelo de envergadura entre dos de las mejores marinas
del continente americano. El "Huáscar" entonces
entró en acción.
La «Esmeralda»
era una corbeta de madera de 850 toneladas, con 200 caballos de
fuerza; 8 cañones de 40 libras, 4 de 30 libras y 2 de 6
libras. El monitor “Huáscar”, desplazaba 1,130
toneladas, tenía un blindaje de 4 ½”, 2 cañones
de 300 libras de lenta avancarga, ubicados en una torre giratoria,
cuyo mecanismo era manual, y su desplazamiento de banda a banda
tomaba no menos de media hora.
Durante los
primeros treinta minutos, el “Huáscar” se enfrentó
sólo en maniobras envolventes contra los dos buques de
guerra adversarios. Sin embargo, cuando la ”Independencia”
se aproximó para entrar en combate, la “Covadonga”,
al mando del capitán de corbeta Carlos Condell de la Haza,
empezó a alejarse del escenario rumbo al sur, por lo que
Grau ordenó al capitán de fragata Juan Guillermo
Moore Ruiz darle caza, lo que este ejecutó de inmediato,
virando su nave en dirección a Punta Gruesa.
Sin escapatoria
la «Esmeralda» por el cerco del “Huáscar”,
que la perseguía en las evoluciones que la corbeta realizaba
entre la rada de Iquique y el Colorado. En un principio, Grau
ordenó fuego por elevación a fin de lograr la rendición
del adversario, el cual ignoró el gesto y más bien
respondió con una andanada de proyectiles que fueron incapaces
de atravesar la coraza del “Huáscar”, rebotando
en el mismo. De otro lado, las posteriores maniobras de la «Esmeralda»,
que se mantenía muy pegada a tierra, limitaban el uso de
la artillería peruana por temor a que los proyectiles alcanzaran
a la población de Iquique y le causaran daños materiales
y pérdidas de vidas.
Los peruanos
de la playa, instalaron una batería con cañones
de 9 libras, y comenzaron a cañonear a la corbeta chilena,
impactando una de ellas en su cubierta y matando a tres tripulantes.
El combate
entre ambas naves se prolongaría más de tres horas.
A los 60 minutos de iniciada la lucha y previo ablandamiento de
artillería, Grau decidió terminar el dramático
encuentro recurriendo al espolón. El barco peruano entonces
ejecutó una maniobra de movimiento y avanzó por
el sur, pero la “Esmeralda” salió entonces
al norte, muy cerca de tierra, por lo que el “Huáscar”
gobernó directamente sobre ella. En dos ocasiones la corbeta
se defendió del espolón presentando la aleta en
el primer intento y la proa en el otro, de manera que los impactos
no le hicieron mayor efecto. El intercambio de artillería,
sin embargo, continuaba y la nave adversaria pese al castigo recibido
no se rendía, replicando con todo su poder de fuego.
Fue durante
el primer espolonazo, cuando las dos embarcaciones estuvieron
en contacto, que el aguerrido capitán de fragata Arturo
Prat, consciente que su nave no tendía posibilidad de sostener
un combate convencional con posibilidades de éxito, en
un singular acto de heroísmo intentó abordar el
“Huáscar” y acompañado sólo del
sargento Juan de Dios Aldea, espada y pistola en mano, al grito
de “¡al abordaje muchachos!” se arrojó
sobre el “Huáscar”. Una vez a bordo, avanzó
hacia la torre de mando, en el trayecto hacia la torre, ultimó
a un oficial de señales, el teniente segundo Jorge Velarde,
quien le salió a cerrarle el paso.
El galante
comandante de la «Esmeralda» sin embargo, resultó
muerto por una nutrida descarga junto con su no menos valeroso
acompañante, el sargento Juan de Dios Aldea, cuando estuvo
próximo a la torre Coles.
Al producirse
el segundo espolonazo, un segundo intento de abordaje por otros
doce tripulantes chilenos, al mando del teniente primero Ignacio
Serrano, resultó también infructuoso y éstos
sucumbieron, cumpliendo con su deber. La historia ha registrado
para la posteridad que el noble capitán de navío
Miguel Grau Seminario, intentó impedir la muerte de Arturo
Prat Chacón, pero el fragor de la lucha, que no conoce
ni de héroes ni condiciones, impidió consumar este
gesto.
Recién
al tercer impacto con espolón y dos cañonazos que
dieron a boca de jarro, la «Esmeralda» se partió
y se hundió con su pabellón al tope en el mástil.
El dramático combate concluyó a las 12H10. En total
el “Huáscar” disparó cuarenta proyectiles.
Los chilenos acusaron 135 muertos. Los peruanos perdieron al joven
teniente segundo Jorge Velarde y siete marineros resultaron heridos.
De inmediato Grau, antes de avanzar hacia la “Covadonga”,
dispuso el salvataje de los 62 sobrevivientes, cuyo último
comandante, el teniente segundo Luis Uribe Orrego, agradeció
el humanitario gesto del comandante del “Huáscar”.
Combate Naval
de Punta Gruesa
El triunfo peruano
se vio opacado cuando la “Independencia”, luego de
tres horas de persecución, encalló en un arrecife
frente a Punta Gruesa, mientras intentaba entrar al espolón,
por tercera vez a la escurridiza “Covadonga”, y se
hundió, perdiendo así el Perú 26 marinos,
entre muertos y heridos y un blindado de dos mil toneladas, por
intentar capturar una vieja nave de madera de 412 toneladas. Durante
esta acción, un proyectil de 250 libras de la “Independencia”
logró atravesar a la goleta chilena de babor a estribor,
rompió el palo del trinquete, mató a dos tripulantes,
incluido un cirujano y destruyó uno de sus botes.
Los chilenos registraron
nueve bajas, tres de los cuales fueron muertos. Dispararon asimismo
contra la “Independencia”, 59 cañonazos, 45
tarros de metralla y 3,400 tiros de balas de fusil. Figurara o
no el arrecife en las cartas de navegación, el comandante
Moore cometió un error imperdonable que sólo reivindicaría
con su valiente inmolación ocho meses después al
frente de las baterías de Arica en la batalla del mismo
nombre.
A partir de ese momento
Grau y el “Huáscar” quedaron prácticamente
solos para enfrentar a la casi intacta flota chilena. Ambos se
convertirían en el último escollo que impediría
al ejército de aquel país controlar el mar e iniciar
la campaña terrestre.
Chile perdió
una corbeta de madera de 850 toneladas, mientras que Perú,
por la mala maniobra del comandante Moore, perdió un blindado
de 3,000 toneladas.
Los prisioneros
de la "Esmeralda"
Los sobrevivientes
de la "Esmeralda", en un principio fueron alojados en
las cámaras del "Huáscar", en donde se
le proveyó de ropa seca y alimentos por orden del capitán
de navío Miguel Grau Seminario. Luego del combate naval,
fueron desembarcados en el puerto de Iquique, en donde en un principio
el general Juan Buendía, se negó a recibirlos al
igual que los cadáveres del comandante Arturo Prat y del
teniente Serrano. Conforme se apaciguó el general Buendía,
por los sucesos del día, los recibió en Iquique
y los alojó en los edificios públicos del mismo,
proveyéndoiles de ropa, alimento y artículos suntuosos
conforme lo demuestra la carta del Vice Cónsul Británico
en Iquique . Los cadáveres de Prat y Serrano, que se encontraban
en el hospital, fueron enterrados por el ciudadano español
Eduardo Llanos, junto a otros miembros de su colonia, el día
22 de mayo, hacia las 17:30 horas, en el cementerio de Iquique,
corriendo el español con todos los gastos.
Antecedentes
de la Guerra
En los decenios anteriores,
el Desierto de Atacama había adquirido un gran valor económico
debido al descubrimiento de valiosos yacimientos de guano primero,
y salitre después, ambos encontrados con buena ley y con
buen precio en el mercado internacional de la época.
Existe diferencia de
apreciación entre historiadores bolivianos y chilenos,
respecto de si el territorio de la Audiencia de Charcas, primero
dependiente del Virreinato del Perú y luego del Virreinato
del Río de la Plata, tenía litoral.
Apoyándose en
documentos diferentes, los bolivianos insisten en que sí
tenía; pero los chilenos lo niegan. Al crear Simón
Bolívar el país que llevaría su nombre, le
da una salida al mar; sin embargo, gran parte de la explotación
económica de esa región costera fue llevada a cabo
por empresarios chilenos en condiciones muy ventajosas para ellos.
Los presidentes en
ese momento, eran Aníbal Pinto Garmendia en Chile, Hilarión
Daza en Bolivia y Mariano Ignacio Prado en Perú.
Bolivia había
suscrito con Chile dos tratados de límites; el primero
en 1866 y el segundo en 1874, en donde se establece: el límite
entre los dos países, el paralelo 24 de latitud sur; la
medianería (Tratado de 1866) para todos los minerales explotados
entre los paralelos 23 al 25 latitud sur; y a no gravar durante
25 años las propiedades chilenas. El primer tratado fue
rechazado por Bolivia al caer Mariano Melgarejo, pues el posterior
gobierno no reconoció el tratado, ya que la división
de impuestos era desventajosa a Bolivia, conflicto que se resolvió
con el segundo tratado, que era el vigente hacia 1879. Estos tratados
fueron ratificados en su oportunidad y canjeados solemnemente
en Santiago y en La Paz.
En 1878, Bolivia reacciona
tardía y torpemente a los privilegios que ella misma otorgó
a estos empresarios y al intentar cobrar impuestos más
fuertes, (impuesto de 10 centavos sobre quintal exportado de territorio
boliviano), violando según el parecer del gobierno chileno
de la época, el articulo IV del tratado, que estipulaba:
"Los derechos de exportación que se impongan sobre
los minerales en la zona de terreno de que hablan los artículos
precedentes, no excederán la cuota de la que actualmente
se cobra, y las personas, industrias y capitales chilenos no quedarán
sujetos a más contribuciones de cualquier clase que sean
que las que al presente existen. La estipulación contenida
en este artículo durará por el término de
25 años". Por ello, encontró una gran resistencia
entre los chilenos y la cerrada defensa de su causa por parte
del gobierno de Santiago, en un conflicto diplomático que
debió ventilarse en el área judicial. En la crisis
diplomática resultante, terció Perú que envió
un Embajador Especial y Plenipotenciario a Santiago para tratar
de apaciguar una posible guerra.
El gobierno boliviano
agrava el conflicto al decidir rematar la compañía
de Salitres y ferrocarriles de Antofagasta, que se niega a pagar
el impuesto, remate programado para el 14 de febrero de 1987.
Gracias a los archivos
de la compañía de Salitres y ferrocarriles de Antofagasta,
se descubre que el ambiente en Chile no es de ir a la guerra por
salvar a la compañía, a pesar de que muchos políticos
y ministros importantes eran accionistas de la compañía,
pero que si se iría a la guerra si se remataran efectivamente
las salitreras, que según la visión del presidente
de Chile Aníbal Pinto, solo en ese momento se violaría
efectivamente la violación del tratado.
La decisión
de ir a la guerra se toma la mañana del 11 de febrero,
cuando en una sesión especial del gabinete se recibe un
telegrama del norte, avisando textualmente un mensaje del ministro
plenipotenciario de Bolivia “Anulación de la ley
de febrero, reivindicación de las salitreras de la compañía”,
que gatilla la decisión del presidente Pinto de decretar
la invasión de Antofagasta, que se efectua el 14 de febrero
de 1879, penetrando al interior del litoral boliviano.
Perú, que había
suscrito un Tratado Secreto con Bolivia, trata de persuadir al
gobierno de La Paz, para someterse a un arbitraje, figura diplomática,
que se encontraba estipulada en el Tratado de 1874 en las Cláusulas
Complementarias, y debido a que se trataba de un "problema
tributario" y no territorial; sin embargo, Chile no dio muestras
de voluntad de aplicar el arbitraje, para lo que se ofreció
Perú enviando a su Ministro Plenipotenciario José
Antonio de Lavalle; la misión del diplomático fracasó
y en lugar de ello, el gobierno de Chile, le enrostra al plenipotenciario
peruano el "Tratado Secreto" firmado con Bolivia. Bolivia
declara la guerra a Chile el 1 de marzo de 1879.
La revisión
y análisis del Tratado Secreto, lleva a historiadores peruanos
a la conclusión que el Perú aún tenía
la opción de decidir si la agresión a Bolivia, era
real o si el asunto merecía un arbitraje, lo cual "era
preferible", según la cláusula pertinente.
Esta misma interpretacion dice que a raíz de la penetración
de tropas chilenas en territorio boliviano (Antofagasta, Caracoles,
Mejillones, Calama, etc.) y el poco interés del gobierno
de Chile en "una salida diplomática", y a la
declaratoria de guerra que le hace el gobierno chileno el 5 de
abril de 1879, es que Perú se siente ligado a Bolivia por
el tratado recíproco de defensa, y entra asimismo, en la
contienda, declarando el casus foederis.
La historiográfica
chilena en cambio afirma que el pacto es defensivo en la forma
pero ofensivo en el fondo, por lo que considera la mediación
de Perú después de la toma de Antofagasta como una
forma de ganar tiempo, mientras se realizaban preparativos de
guerra. Además declaran motivos de mas largo alcance para
la que la guerra terminara en un conflicto entre Chile y Perú,
que seria según esta visión una enemistad que tendría
raíces en la colonia, y exacerbadas en la independencia
y en la guerra entre la confederación Perú-Boliviana
y Chile.
Consecuencias
de la Guerra
La guerra concluyó
el 20 de octubre de 1883 con la firma del Tratado de Ancón,
mediante el cual la provincia de Tarapacá pasó a
manos chilenas permanentemente y Arica y Tacna quedaban bajo administración
chilena, por un lapso de 10 años, al cabo del cual un plebiscito
decidiría si quedaban en manos de Chile definitivamente
o volvían al Perú.
El acordado plebiscito
nunca se llevó a cabo, y no fue hasta 1929 que se firma
el Tratado de Lima, que contó con la mediación de
Estados Unidos, que decide que Tacna seria devuelto al Perú
mientras que Arica quedaría definitivamente en manos de
Chile. Lo anterior, dado que las autoridades chilenas en el lapso
en que ambas ciudades estuvieron bajo su administración,
comenzaron un acoso sistemático contra las poblaciones
peruanas de Arica y Tacna, en lo que se denominó la “chilenización”,
logrando variar la composición poblacional de la ciudad
de Arica, más no así la de Tacna, violando con ello
el Tratado de Ancón.
La paz entre Chile
y Bolivia fue firmada en 1904. El tratado de paz entre ambas naciones,
sin embargo, ha sido origen constante de tensiones diplomáticas
entre ambos países durante el siglo XX y comienzos del
siglo XXI, debido a que Bolivia perdió toda soberanía
sobre el Océano Pacífico.
Así, Chile tomó
posesión no sólo de una importante extensión
territorial, sino también de enormes depósitos salitreros,
guaneros y de cobre. Estos fueron entregados mayoritariamente
a capitales británicos, señalados por alguna historiografía
moderna como los verdaderos instigadores de la guerra, quienes,
soterradamente, habrían financiado y manipulado la política
chilena para favorecer sus propios intereses. El salitre fue la
principal fuente de riqueza de Chile hasta el descubrimiento del
salitre sintético por los alemanes, durante la Primera
Guerra Mundial.
El editorial del diario
británico "The Bullonist" de la ciudad de Londres
aparecido en los años de la guerra, es decir entre 1879
y 1883, podría ser tomado por la historiografía
para sustentar que en esta guerra, al margen de especulaciones,
existió una potencia detrás del lado chileno.
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