Fechas Patrias Argentinas


Día de San Martín

José Francisco de San Martín (25 de febrero de 1778 - 17 de agosto de 1850) militar argentino cuyas campañas fueron decisivas para las independencias de Argentina, Chile y Perú.

Junto con Simón Bolívar es considerado uno de los libertadores de Sudamérica de la colonización española. En la Argentina, esto le ha valido el título de Padre de la Patria y es considerado un héroe nacional.

San Martín nació en el pueblo de Yapeyú, situado a orillas del Río Uruguay en la provincia de Misiones del Virreinato del Río de la Plata, ciudad de la actual Provincia de Corrientes.

Su padre, don Juan de San Martín y Gómez, había nacido en la Villa de Cervatos de la Cueza, en Castilla la Vieja, España, y se desempeñaba como teniente gobernador del departamento. Su madre, doña Gregoria Matorras, era sobrina de un conquistador del Chaco. Fue el menor de cinco hermanos: María Elena, Manuel Tadeo, Juan Fermín Rafael y Justo Rufino.

En 1781, cuando San Martín tenía 3 años, la familia se trasladó de Yapeyú a Buenos Aires. Luego se mudaron a España, embarcando rumbo a Cádiz el 6 de diciembre de 1783. San Martín comenzó sus estudios en el Real Seminario de Nobles de Madrid y en la Escuela de Temporalidades de Málaga en 1786. Allí aprendió latín, francés, castellano, baile, dibujo, poética, esgrima, retórica, matemática, historia y geografía.

En 1789, a los once años de edad, comienza su carrera militar en el regimiento de Murcia, mientras estallaba la Revolución Francesa. Luchó en la campaña del norte de África combatiendo los moros en Melilla y Orán. En 1797 es ascendido a subteniente por sus acciones en los Pirineos frente a los franceses 1793. En agosto de ese año su regimiento, que había participado en las batallas navales contra la flota inglesa en el Mediterráneo, se rindió.

Durante el período que sigue lucha, con el grado de capitán 2° de infantería ligera, en diferentes acciones en Gibraltar y Cádiz.

En 1808 las tropas de Napoleón invaden la Península y el rey Fernando VII es hecho prisionero. Estalla la rebelión contra el emperador y contra su hermano José Bonaparte, que había sido proclamado Rey de España. Se establece una Junta de Gobierno que actúa primero en Sevilla y luego en Cádiz. San Martín es ascendido por la Junta al cargo de ayudante 1° del regimiento de Voluntarios de Campo Mayor. Distinguido por sus acciones contra los franceses, llega luego a ser capitán del regimiento de Borbón. El ejército ataca y vence a los franceses en la Batalla de Bailén el 19 de julio de 1808, teniendo San Martín una actuación destacada.

Esta victoria permite al ejército de Andalucía recuperar Madrid y es la primera derrota importante de las tropas de Napoleón. San Martín recibe el grado de teniente coronel y es condecorado con una medalla de oro. Continúa luchando contra los franceses en el ejército de los aliados: España, Portugal e Inglaterra. Combate a las órdenes del general Beresford en la batalla de Albuera. Conoce a Lord Macduff, noble escocés, que lo introduce a las logias secretas que complotaban por la independencia de América del Sur. Es ahí donde hace contacto por primera vez con círculos de liberales y revolucionarios, que simpatizaban con la lucha por la independencia americana.

En 1811 renuncia a su carrera militar en España. Por intermedio de Lord Macduff obtuvo un pasaporte para viajar a Inglaterra, partiendo el 14 de septiembre de ese año, donde se encontró con compatriotas de América española: Carlos María de Alvear, José Matías Zapiola, Andrés Bello y Tomás Guido, entre otros. Todos formaban parte de la Gran Hermandad Americana que había fundado el "precursor" Francisco de Miranda quien, junto con Simón Bolívar, ya luchaba en América por la independencia de Venezuela. Ya dentro de la hermandad se relacionó con políticos británicos, quienes supuestamente le hicieron conocer el Plan Maitland, una estrategia para que América se liberara de España.

En enero de 1812 San Martín se embarca hacia Buenos Aires en la fragata inglesa George Canning. Fue recibido por los miembros del Primer Triunvirato, quienes le reconocieron su grado de Teniente Coronel. El 16 de marzo le solicitaron que creara un regimiento de soldados para custodiar las costas del Paraná. Junto con Carlos María de Alvear y José Matías Zapiola funda la Logia Lautaro de Buenos Aires. Debido a la política centralista que seguía el Triunvirato la Logia, junto a la Sociedad Patriótica, veía en el gobierno un obstáculo para sus planes. El 8 de octubre marchan los soldados, acompañados por San Martín y los demás miembros, a exigir la renuncia de los triunviros. El 12 de noviembre de 1812 contrae matrimonio con Remedios de Escalada, de 15 años.

Combate de San Lorenzo

3 de febrero de 1813. Montevideo estaba sitiado por el ejercito de Tondeau, de modo que los españoles tenían que hacer uso del mar para abastecerse. Frecuentemente una escuadrilla realista salía de Montevideo en dirección al Paraná, y sus hombres merodeaban las costas robando los ganados. Una expedición compuesta de once embarcaciones, que había salido de Montevideo con el propósito indicado, fue seguida paralelamente por tierra por el coronel de Granaderos a caballo José de San Martín, al frente de 125 hombres de su regimiento. Las fuerzas de San Martín se adelantaron, deteniéndose cerca de la posta de San Lorenzo, situada 26 kilómetros al norte del Rosario. En tal lugar existe el convento de San Carlos, en donde encerró San Martín a sus granaderos, de modo que la escuadrilla española no pudo observarlos, cuando los españoles desembarcaron, los granaderos sable en mano, los persiguieron obligándolos a huir despavoridos. Algunos se arrojaron al río desde la barranca y perecieron ahogados. En la persecución rodó el caballo de San Martín, que quedó apretándole una pierna. Un enemigo iba a clavarle la bayoneta, pero en el preciso instante se interpuso el sargento Juan Bautista Cabral, que salvó a San Martín y con él, como bien se ha dicho, la libertad de medio continente.

Luego de esta victoria San Martín fue designado para hacerse cargo del Ejército del Norte, donde debió reemplazar al general Manuel Belgrano. Desde su reciente cargo de Mayor General del Ejército Auxiliar del Perú debía reorganizar un ejército desecho por las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. Acordó con Martín Miguel de Güemes la defensa de la frontera norte y comenzó a preparar una futura estrategia militar. Dejó brevemente el mando del ejército retirándose a Córdoba para reponerse de una úlcera estomacal.

En 1814 Gervasio Antonio Posadas lo nombró Gobernador de Cuyo. Su plan ya estaba terminado y aprobado. A partir de ese momento San Martín comienza los preparativos de la organización del Ejército de los Andes.

Con el apoyo del nuevo director supremo, Carlos María de Alvear, a quien había conocido en Cádiz, se dedicó a organizar un ejército con los refugiados, al tiempo que el Congreso de Tucumán declaraba la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816. En el noroeste de Mendoza constituyó su Estado Mayor en el campamento de El Plumerillo.

El 23 de agosto de 1816 nació en Mendoza su única hija, Mercedes Tomasa, quien lo acompañaría en el exilio.

Siendo el General San Martín Gobernador Intendente de Cuyo, por encontrarse ligado a otros compromisos, entrega la gobernación al Coronel Toribio de Luzuriaga, para hacerse cargo totalmente de la formación del Ejército de los Andes, lo que se llevó a cabo en El Plumerillo, Mendoza. El plan de nuestro ilustre héroe era atacar a los realistas del Perú por mar para cerrar toda comunicación con el exterior y de esta manera dejarían de recibir refuerzos. Previo a esto, debía dar independencia a Chile, paso obligado para concretar su plan.

Mientras el Ejército Libertador se preparaba para su gran hazaña del cruce de Los Andes, San Martín se valía de sus estrategias para engañar y dividir al ejército realista. Conociendo las ideas de los indios pehuenches del sur mendocino y poniendo en práctica sus estrategias, San Martín planeó un parlamento con ellos, para pedirles permiso para pasar con el Ejército por sus tierras.

Obviamente, San Martín sabía que los realistas se enterarían. La finalidad era desorientar a los realistas afincados en Chile, para así vencerlos sorpresivamente por retaguardia. Entre el 9 y el 16 de septiembre de 1.816 se lleva a cabo el Gran Parlamento, en la explanada del Fuerte de San Carlos. Los fortinianos a cargo del Comandante del Fuerte, Capitán José León Lemos y del Comandante de Fronteras José de Susso, organizaron el acto para la gran entrevista. El día antes del fijado, el Gral. San Martín dispuso que se enviasen al Fuerte de San Carlos, en el Aguanda, pequeño arroyo que va a desaguar en el río Tunuyán, ciento veinte pellejos de aguardiente, trescientos de vino, un gran número de bridas, espuelas con labrados, bordados antiguos o vestidos galoneados que pudieron reunir con gran diligencia en toda la provincia; sombreros, pañuelos ordinarios, cuentas de cristal, frutas secas, etc., para regalar; preliminar indispensable para alcanzar cualquier negación con los indios.

A las 8 de la mañana del... de septiembre de 1.816, los caciques Toriano, Pellalaf, Yanquetruz, Finchitur, Angenau, Llancamilla y Ñancuñán, entre otros se aproximaron a la explanada del Fuerte con el todo de la pompa de la vida salvaje a la cabeza de su gente de guerra; trayendo a retaguardia a sus mujeres e hijos, y como entre ellos está admitida la poligamia, el número de mujeres era considerable. Los hombres tenían el pelo largo y suelto; desnudos de cintura para arriba, llevan sus cuerpos pintados de diferentes colores; sus cabellos también iban aderezados en la misma forma que cuando van a la guerra; en fin, hombres y caballos estaban como para el acto de combate.

A cada Cacique le precedía una pequeña partida de caballería del ejército patriota, enviada por el General para en proporción de que la tribu avanzara, hacer fuego sin bala con sus pistolas en forma de salva o celebridad, pues este modo de introducir a los indios a la presencia de los cristianos es un cumplido o etiqueta que jamás dispensan. A proporción de que las tribus iban llegando a la explanada, las mujeres y niños se separaban e iban colocándose a un lado sin desmontar. Cuando todas las tribus llegaron, los guerreros de una de ellas principiaron un simulacro de combate, durante el cual, mantuvieron sus caballos al escape o los hacían volver repentinamente sobre las patas, dar corcoveos y saltar y hacer cabriolas alrededor en la manera más extraordinaria.

Durante estos ejercicios, un cañón del Fuerte disparaba cada cinco minutos, a cuyo saludo contestaban los indios dándose palmadas en la boca y dando los más horrorosos aullidos en señal de contento. Esta especie de torneo ejecutado por la primera tribu, duró un cuarto de hora, al cabo del cual, se retiraron hacía el punto que ocupaban las mujeres y permanecieron a caballo presenciando la ejecución de igual simulacro de las otras tribus, que por su turno se iban presentando. Estos marciales ejercicios duraron hasta la tarde, y la escolta del Gral. San Martín, compuesta de una compañía de caballería y doscientos milicianos, permanecieron formados en orden de parada.

Publicado el momento de entrar a conferenciar, éstas se principiaron en la Plaza de Armas, donde el gobernador del castillo había preparado una mesa cubierta con el paño de un púlpito y banco para los Caciques y capitanes a guerra, que fueron las únicas personas admitidas a conferenciar con el General. Los indios, en la parte exterior, permanecieron formados y montados manteniéndose alerta hasta saber el resultado. Al llegar a la Plaza de Armas, fueron sentándose con arreglo a su dignidad, primero los Caciques y luego los capitanes a guerra. El Gral. San Martín ,el gobernador del Fuerte y el intérprete se colocaron en un banco a la cabecera de la mesa. Como un acto de cortesía, el Gral. les ofreció amigablemente una copa de vino antes de entrar en negocios; pero ninguno lo admitió, manifestando que si bebían no tendrían sus cabezas la firmeza necesaria para fijar la debida consideración al objeto que se habían reunido a discutir.

Entonces el intérprete, que lo era el Fraile Francisco de Inalicán, de la orden de San Francisco, les hizo una arenga en la cual les recordó la buena inteligencia y amistad que había existido entre los indios pehuenches y el General en Jefe que confiaba en la continuación de la armonía felizmente establecida entre ellos, y que los convocaba a una solemne conferencia para cumplimentarles, ofreciéndoles algunas bebidas y regalos y pedir permitiesen pasar al ejército patriota por el territorio pehuenche para atacar a los españoles. A todo esto San Martín agregó: "-Los realistas se están preparando para venir contra ustedes y quitarles sus ganados, sus tierras y sus hijos. Pero les voy a confiar que pasaré con mis hombres por el Paso del Planchón y del Portillo. Les pido que guarden un total silencio y que lo que aquí les he dicho, no llegue a oídos de españoles.-"

Un profundo silencio siguió a esta arenga y aquellos salvajes pintados ofrecieron un espectáculo verdaderamente imponente por espacio de un cuarto de hora, en cuyo tiempo todos daban la idea de meditar profundamente sobre lo que acababan de oír. Al fin el cacique más antiguo, llamado Ñancuñán, rompió el silencio. Este era un anciano de ochenta años, cabellos blancos y aspecto sumamente venerable, que al dirigirse su discurso a sus hermanos, los otros jefes de las tribus, les preguntó con tranquila circunspección, si eran de opinión de que las propuestas que acababan de hacer los cristianos debía o no aceptarse. La discusión que siguió a esta pregunta la llevaron de un modo muy interesante; cada jefe a su turno manifestó su opinión con la mayor tranquilidad y sin la menor interrupción o signo de impaciencia por parte de los demás.

Convenidos en la contestación que debían dar, Ñancuñán se dirigió al General y le dijo que los pehuenches, a excepción de tres Caciques a los cuales el resto sabrían contener, aceptaban sus proposiciones. Entonces todos se levantaron de sus asientos, excepto los tres Caciques que no opinaban como la mayoría, y en testimonio de su sinceridad abrazaron al General.

Como el pacto se concretó y al observar San Martin que los tres caciques descontentos se alejaban del lugar, se dirigió a Fray Francisco y abrazándolo pronunció estas palabras: "Hemos ganado la primera batalla”

Después, sin perder un instante, el Cacique Millaguín salió a comunicar a los indios que estaban en la explanada, que las proposiciones de los cristianos eran tales que podían admitirse. Estos, inmediatamente quitaron las sillas a sus caballos y se los entregaron a los milicianos para que los sacaran a pacer y enseguida fueron depositando sus lanzas, hachas y cuchillos (sus únicas armas) en un cuarto para tenerlas guardadas allí hasta la conclusión de 1as borracheras que infaliblemente se siguen a toda conferencia de esta especie.

El depósito voluntario de sus armas en manos de sus enemigos naturales, es rasgo extraordinario del carácter indiano y la causa es evitar el derramamiento de sangre entre los mismos durante la horrible embriaguez, que forma una parte esencial de cada conferencia pública; y la ciega confianza con que se desarman manifiesta el elevado concepto que tienen de los sagrados derechos de la hospitalidad y un convencimiento de la necesidad de desarmarse todos durante la loca influencia del exceso de la bebida. El esmero de las mujeres en separar todas las armas en tales momentos, causa verdadero interés.

Colocadas sus armas en el Fuerte, marcharon al corral donde habían encerrado algunas yeguas para matar. Así que llegaron, les echaron los lazos y tumbaron con su natural destreza; les ataron las cuatro patas juntas, después les abrieron una vena del cuello adonde iban a chupar la sangre de tiempo en tiempo, en cuya operación las mujeres y los niños les precedieron. Extraída la sangre del animal, lo cortaron y asaron en muy poco tiempo, habiendo tenido gran cuidado de conservar la piel para formar pozos y receptáculos en la forma siguiente: Hacen una excavación en la tierra, de dos pies de profundidad y cuatro o cinco de circunferencia, donde colocan la piel recién sacada de la yegua, con el pelo hacia abajo y asegurada alrededor del borde con pequeñas estacas de madera. En esta cisterna de tan extraña y ruda invención, echan indistintamente vino y aguardiente mezclados alrededor del cual se ponen en cuclillas dieciséis o dieciocho hombres; el número de ellos se aumenta en proporción de la gente que asiste al festín.

Las mujeres no principian a beber hasta puesto el sol y lo hacen separadas de los hombres; pero se colocan como ellos, alrededor de iguales posos llenos de la misma mixtura. Cuatro o cinco mujeres de cada tribu se abstienen de beber con las otras para tener cuidado de sus compañeras cuando la razón principia a alejarse, para que los caprichos de la embriaguez comiencen. La escena que en seguida presentaron estas gentes, fue de una singularidad sorprendente. Dos mil personas incluídas mujeres, niños y sirvientes, estaban sentadas en círculos en la explanada, hablando principalmente de sus fiestas o los hechos de sus mayores y el entusiasmo de algunos llegó al punto de llorar al relatar la historia de su familia.

Así que el licor principió a ejercer su poderosa influencia, todos hablaban a un tiempo, gritaban y aullaban de tal manera, que el ruido que hacían podía ensordecer a cualquiera. Las disputas, las riñas y los cachetazos, eran la inmediata consecuencia de tal desorden, y como no tenían armas, algunos que principiaron a reñir formalmente, se mordían y daban patadas y se arrancaban a puñados los cabellos. El alboroto de los hombres, la gritería, las carcajadas y los chillidos de las mujeres, unidos al llanto y quejido de los niños, formaban una combinación de sonidos tan discorde y ofrecían escenas y pasiones tan diversas, que si bien la imaginación concibe su efecto, la pluma no puede describirlas dignamente. Pequeñas partidas de las milicias patriotas colocadas expresamente para el objeto, estuvieron enteramente ocupadas en separar los combatientes, pero a eso de la media noche ya reinaba un silencio sepulcral. Hombres y mujeres estaban tendidos en el suelo como si se hallasen en un letargo o en los brazos de la muerte, excepto algunos pocos que aún podían, arrastrando o revolcándose, adelantar algunos pasos, pero la generalidad no tenía el menor movimiento. Este bárbaro festín duró en la misma forma por tres días consecutivos, esto es, hasta que consumieron la última gota de licor. Consagraron un día al cambio de los presentes. Cada Cacique regaló al General un poncho hilado, tejido y hecho por sus mujeres. Algunos de los ponchos que aceptó el General no carecían de mérito, particularmente en la viveza del dibujo y la permanencia de los colores. Lo que parecía apreciaron más los indios de los regalos que recibieron, fueron 1os sombreros y los vestidos bordados o galonados, cuyas prendas se ponían en el acto que llegaban a sus manos.

El sexto día recibió San Martin pliegos del General Pueyrredón, que le avisaba hallarse en marcha desde Salta a Córdoba, a cuya última ciudad salió San Martín a reunírsele. El Gobernador del Fuerte quedó encargado de continuar haciendo los honores. Los pehuenches permanecieron en San Carlos ocho días más, por haber llegado algunos traficantes con vinos y aguardientes desde Mendoza, con quienes los indios cambiaron sus géneros por la mayor parte de los regalos que les había hecho San Martín.

Al cabo de una permanencia de quince días marcharon los pehuenches a sus respectivas tribus, tan sumamente satisfechos del entretenimiento o trato que habían recibido, que convinieron unánimente en que los anales de la tradición no recordaban conferencia tan espléndida.

Expedición Libertadora

El director supremo Juan Martín de Pueyrredón lo nombró general en jefe del Ejército de los Andes y el 12 de enero de 1817 se inició desde Mendoza el Cruce de los Andes en dirección a Chile. Las fuerzas patrióticas vencieron a los realistas en Chacabuco el 12 de febrero; entró en Santiago dos días después y nombró a Bernardo O'Higgins director supremo. En marzo regresó a Buenos Aires para solicitar ayuda al Directorio para continuar su campaña libertadora. Logra cierto apoyo económico y regresa a Chile, donde las tropas sufren la derrota en Cancha Rayada el 19 de marzo de 1818 y obtienen una victoria en Maipú el 5 de abril.

San Martín y O’Higgins, contando con la ayuda de Lord Thomas Cochrane, organizan una expedición por vía marítima que partió el 20 de agosto de 1820 del puerto de Valparaíso. El 12 de septiembre llegan al puerto de Pisco, Perú, para finalmente llegar a Lima en julio de 1821. El día 28 San Martín declara la independencia y es nombrado Protector del Perú con autoridad civil y militar. Gobierna el Perú desde el 28 de julio de 1821 hasta el 20 de septiembre de 1822.

Durante su protectorado recibe un pedido de ayuda del general Antonio José de Sucre, lugarteniente de Bolivar, para la campaña en Ecuador. San Martín envía soldados que participaron en las victorias de Riobamba y Pichincha, que garantizaron la rendición de Quito. Entre los días 26 y 27 de julio de 1822 se realiza la Entrevista de Guayaquil, donde se reune con Bolívar. Poco después decide retirarse de todos los cargos y volver a su país.

Vuelto a Mendoza pidió autorización para regresar a Buenos Aires y reencontrarse con su esposa que estaba gravemente enferma. Bernardino Rivadavia, ministro de gobierno del gobernador Martín Rodríguez, se lo negó argumentando que no sería seguro para San Martín volver a la ciudad. Su apoyo a los caudillos del interiory la desobediencia a una orden que había recibido del gobierno de reprimir a los federales, le valió que los unitarios quisieran someterlo a un juicio.

No obstante, como la salud de su esposa empeoraba decidió viajar a Buenos Aires, donde a su llegada ya ella había fallecido el 3 de agosto de 1823.

Al llegar a Buenos Aires se le acusó de haberse convertido en un conspirador. Desalentado por las luchas internas entre unitarios y federales decidió marcharse del país con su hija, quien había estado al cuidado de su abuela. El 10 de febrero de 1824 partió hacia el puerto de El Havre, Francia. Tenía 45 años y era Generalisimo del Perú, Capitán General de la República de Chile y General de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Luego de un breve período en Londres, se instalaron en Bruselas y poco después en París.

En 1825 redactó las Máximas para Merceditas, donde sintetizaba cuáles eran sus ideales educativos.

En 1828 intentó regresar a Buenos Aires, aunque no llegó a desembarcar. Por tres meses permaneció en Montevideo. El levantamiento de su antiguo compañero Juan Lavalle contra el gobernador Manuel Dorrego, el posterior fusilamiento de Dorrego, las rivalidades y la profunda decepción que sentía por lo que acontecía en la política del país fueron los motivos principales para que San Martín decidiera instalarse definitivamente en Europa.

Durante los años en que duró su exilio San Martín mantuvo contacto con sus amigos en Buenos Aires, en donde trataba de interiorizarse de lo que sucedía en su país. Al enterarse, en 1827, de la guerra que Argentina mantenía con Brasil, se ofreció para luchar en ella pero nunca fue llamado.

En 1831 se radicó en Francia en una finca de campo cercana a París. Tres años más tarde se mudó a una casa en Grand Bourg, en donde residió hasta 1848. Finalmente, en marzo se trasladó a Boulogne-sur-Mer, en donde falleció en 17 de agosto de 1850.

En 1861 sus restos fueron trasladados a la bóveda de la familia González Balcarce, ubicada en el cementerio de Brunoy, Francia. Posteriormente hubo varios intentos de repatriarlos al país. Durante la presidencia de Nicolás Avellaneda se creó la "Comisión encargada de la repatriación de los restos del Libertador", hecho que finalmente se produjo el 28 de mayo de 1880. Sus restos descansan en la Catedral de la ciudad de Buenos Aires, frente a la Plaza de Mayo, custodiado por soldados del cuerpo de Granaderos a Caballo.

Encuentro con amigos

Entre los compatriotas que recibió durante su exilio se encontraron Sarmiento, Alberdi y Alejandro Aguado. En 1843 recibe la visita de Juan Bautista Alberdi. Entre 1845 y 1848 Domingo Faustino Sarmiento, que viajó a Europa por encargo del gobierno de Chile, se encontró con San Martín en Grand Bourg en varias oportunidades. Durante estos encuentros se informaba constantemente de los cambios y sucesos de la política argentina.

El testamento ológrafo fue fechado en París el 23 de enero de 1844, dejando como única heredera a su hija Mercedes de San Martín, casada con Mariano Balcarce. Otras cláusulas fueron:

* Que Mercedes otorgue a su tía María Elena una pensión hasta su fallecimiento.
* Que a la muerte de María Elena le otorgue una pensión a la hija de ésta, Petronila.
* Que su sable corvo fuera entregado a Juan Manuel de Rosas.
* Prohibió la realización de funerales y de acompañamientos hasta el cementerio, aunque su voluntad era que su corazón descansara en Buenos Aires.

Máximas para mi hija

1. Humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que no perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: "Anda, pobre animal, el mundo es demasiado grande para nosotros dos..."
2. Inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira.
3. Inspirarle una gran confianza y amistad, pero uniendo el respeto.
4. Estimular en Mercedes la caridad con los pobres.
5. Respeto sobre la propiedad ajena.
6. Acostumbrarla a guardar un secreto.
7. Inspirarle sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones.
8. Dulzura con los criados, pobres y viejos.
9. Que hable poco y lo preciso.
10. Acostumbrarla a estar formal en la mesa.
11. Amor al aseo y desprecio al lujo.
12. Inspirarle amor por la patria y por la libertad.

(Bruselas, Bélgica, 1825)

En el año 2000 el escritor José Ignacio García Hamilton expone en su libro Don José una versión controvertida acerca del origen mestizo de San Martín. Esta versión se basó en otra del historiador argentino Hugo Chumbita, en donde el general sería hijo del español Diego de Alvear, padre de Carlos María de Alvear, y de una joven guaraní llamada Rosa Guarú. Según Chumbita, Alvear habría entregado a José al matrimonio formado por Juan de San Martín y doña Gregoria, quienes lo bautizaron dándole su apellido. Para estas afirmaciones Chumbita se basó en un libro de memorias de María Joaquina de Alvear y Sáenz de Quintanilla (1823 - 1889), hija de Carlos de Alvear.



¡Visita también estos sitios interesantes!

Sitio alojado en Yaia.com