Día de San Martín
José
Francisco de San Martín (25 de febrero de 1778 - 17 de
agosto de 1850) militar argentino cuyas campañas fueron
decisivas para las independencias de Argentina, Chile y Perú.
Junto con
Simón Bolívar es considerado uno de los libertadores
de Sudamérica de la colonización española.
En la Argentina, esto le ha valido el título de Padre de
la Patria y es considerado un héroe nacional.
San Martín
nació en el pueblo de Yapeyú, situado a orillas
del Río Uruguay en la provincia de Misiones del Virreinato
del Río de la Plata, ciudad de la actual Provincia de Corrientes.
Su padre,
don Juan de San Martín y Gómez, había nacido
en la Villa de Cervatos de la Cueza, en Castilla la Vieja, España,
y se desempeñaba como teniente gobernador del departamento.
Su madre, doña Gregoria Matorras, era sobrina de un conquistador
del Chaco. Fue el menor de cinco hermanos: María Elena,
Manuel Tadeo, Juan Fermín Rafael y Justo Rufino.
En 1781, cuando
San Martín tenía 3 años, la familia se trasladó
de Yapeyú a Buenos Aires. Luego se mudaron a España,
embarcando rumbo a Cádiz el 6 de diciembre de 1783. San
Martín comenzó sus estudios en el Real Seminario
de Nobles de Madrid y en la Escuela de Temporalidades de Málaga
en 1786. Allí aprendió latín, francés,
castellano, baile, dibujo, poética, esgrima, retórica,
matemática, historia y geografía.
En 1789, a
los once años de edad, comienza su carrera militar en el
regimiento de Murcia, mientras estallaba la Revolución
Francesa. Luchó en la campaña del norte de África
combatiendo los moros en Melilla y Orán. En 1797 es ascendido
a subteniente por sus acciones en los Pirineos frente a los franceses
1793. En agosto de ese año su regimiento, que había
participado en las batallas navales contra la flota inglesa en
el Mediterráneo, se rindió.
Durante el
período que sigue lucha, con el grado de capitán
2° de infantería ligera, en diferentes acciones en
Gibraltar y Cádiz.
En 1808 las
tropas de Napoleón invaden la Península y el rey
Fernando VII es hecho prisionero. Estalla la rebelión contra
el emperador y contra su hermano José Bonaparte, que había
sido proclamado Rey de España. Se establece una Junta de
Gobierno que actúa primero en Sevilla y luego en Cádiz.
San Martín es ascendido por la Junta al cargo de ayudante
1° del regimiento de Voluntarios de Campo Mayor. Distinguido
por sus acciones contra los franceses, llega luego a ser capitán
del regimiento de Borbón. El ejército ataca y vence
a los franceses en la Batalla de Bailén el 19 de julio
de 1808, teniendo San Martín una actuación destacada.
Esta victoria
permite al ejército de Andalucía recuperar Madrid
y es la primera derrota importante de las tropas de Napoleón.
San Martín recibe el grado de teniente coronel y es condecorado
con una medalla de oro. Continúa luchando contra los franceses
en el ejército de los aliados: España, Portugal
e Inglaterra. Combate a las órdenes del general Beresford
en la batalla de Albuera. Conoce a Lord Macduff, noble escocés,
que lo introduce a las logias secretas que complotaban por la
independencia de América del Sur. Es ahí donde hace
contacto por primera vez con círculos de liberales y revolucionarios,
que simpatizaban con la lucha por la independencia americana.
En 1811 renuncia
a su carrera militar en España. Por intermedio de Lord
Macduff obtuvo un pasaporte para viajar a Inglaterra, partiendo
el 14 de septiembre de ese año, donde se encontró
con compatriotas de América española: Carlos María
de Alvear, José Matías Zapiola, Andrés Bello
y Tomás Guido, entre otros. Todos formaban parte de la
Gran Hermandad Americana que había fundado el "precursor"
Francisco de Miranda quien, junto con Simón Bolívar,
ya luchaba en América por la independencia de Venezuela.
Ya dentro de la hermandad se relacionó con políticos
británicos, quienes supuestamente le hicieron conocer el
Plan Maitland, una estrategia para que América se liberara
de España.
En enero de
1812 San Martín se embarca hacia Buenos Aires en la fragata
inglesa George Canning. Fue recibido por los miembros del Primer
Triunvirato, quienes le reconocieron su grado de Teniente Coronel.
El 16 de marzo le solicitaron que creara un regimiento de soldados
para custodiar las costas del Paraná. Junto con Carlos
María de Alvear y José Matías Zapiola funda
la Logia Lautaro de Buenos Aires. Debido a la política
centralista que seguía el Triunvirato la Logia, junto a
la Sociedad Patriótica, veía en el gobierno un obstáculo
para sus planes. El 8 de octubre marchan los soldados, acompañados
por San Martín y los demás miembros, a exigir la
renuncia de los triunviros. El 12 de noviembre de 1812 contrae
matrimonio con Remedios de Escalada, de 15 años.
Combate de San Lorenzo
3 de febrero de 1813. Montevideo estaba sitiado por el ejercito
de Tondeau, de modo que los españoles tenían que
hacer uso del mar para abastecerse. Frecuentemente una escuadrilla
realista salía de Montevideo en dirección al Paraná,
y sus hombres merodeaban las costas robando los ganados. Una expedición
compuesta de once embarcaciones, que había salido de Montevideo
con el propósito indicado, fue seguida paralelamente por
tierra por el coronel de Granaderos a caballo José de San
Martín, al frente de 125 hombres de su regimiento. Las
fuerzas de San Martín se adelantaron, deteniéndose
cerca de la posta de San Lorenzo, situada 26 kilómetros
al norte del Rosario. En tal lugar existe el convento de San Carlos,
en donde encerró San Martín a sus granaderos, de
modo que la escuadrilla española no pudo observarlos, cuando
los españoles desembarcaron, los granaderos sable en mano,
los persiguieron obligándolos a huir despavoridos. Algunos
se arrojaron al río desde la barranca y perecieron ahogados.
En la persecución rodó el caballo de San Martín,
que quedó apretándole una pierna. Un enemigo iba
a clavarle la bayoneta, pero en el preciso instante se interpuso
el sargento Juan Bautista Cabral, que salvó a San Martín
y con él, como bien se ha dicho, la libertad de medio continente.
Luego de esta
victoria San Martín fue designado para hacerse cargo del
Ejército del Norte, donde debió reemplazar al general
Manuel Belgrano. Desde su reciente cargo de Mayor General del
Ejército Auxiliar del Perú debía reorganizar
un ejército desecho por las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.
Acordó con Martín Miguel de Güemes la defensa
de la frontera norte y comenzó a preparar una futura estrategia
militar. Dejó brevemente el mando del ejército retirándose
a Córdoba para reponerse de una úlcera estomacal.
En 1814 Gervasio
Antonio Posadas lo nombró Gobernador de Cuyo. Su plan ya
estaba terminado y aprobado. A partir de ese momento San Martín
comienza los preparativos de la organización del Ejército
de los Andes.
Con el apoyo
del nuevo director supremo, Carlos María de Alvear, a quien
había conocido en Cádiz, se dedicó a organizar
un ejército con los refugiados, al tiempo que el Congreso
de Tucumán declaraba la independencia de las Provincias
Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816. En el
noroeste de Mendoza constituyó su Estado Mayor en el campamento
de El Plumerillo.
El 23 de agosto
de 1816 nació en Mendoza su única hija, Mercedes
Tomasa, quien lo acompañaría en el exilio.
Siendo el
General San Martín Gobernador Intendente de Cuyo, por encontrarse
ligado a otros compromisos, entrega la gobernación al Coronel
Toribio de Luzuriaga, para hacerse cargo totalmente de la formación
del Ejército de los Andes, lo que se llevó a cabo
en El Plumerillo, Mendoza. El plan de nuestro ilustre héroe
era atacar a los realistas del Perú por mar para cerrar
toda comunicación con el exterior y de esta manera dejarían
de recibir refuerzos. Previo a esto, debía dar independencia
a Chile, paso obligado para concretar su plan.
Mientras el
Ejército Libertador se preparaba para su gran hazaña
del cruce de Los Andes, San Martín se valía de sus
estrategias para engañar y dividir al ejército realista.
Conociendo las ideas de los indios pehuenches del sur mendocino
y poniendo en práctica sus estrategias, San Martín
planeó un parlamento con ellos, para pedirles permiso para
pasar con el Ejército por sus tierras.
Obviamente,
San Martín sabía que los realistas se enterarían.
La finalidad era desorientar a los realistas afincados en Chile,
para así vencerlos sorpresivamente por retaguardia. Entre
el 9 y el 16 de septiembre de 1.816 se lleva a cabo el Gran Parlamento,
en la explanada del Fuerte de San Carlos. Los fortinianos a cargo
del Comandante del Fuerte, Capitán José León
Lemos y del Comandante de Fronteras José de Susso, organizaron
el acto para la gran entrevista. El día antes del fijado,
el Gral. San Martín dispuso que se enviasen al Fuerte de
San Carlos, en el Aguanda, pequeño arroyo que va a desaguar
en el río Tunuyán, ciento veinte pellejos de aguardiente,
trescientos de vino, un gran número de bridas, espuelas
con labrados, bordados antiguos o vestidos galoneados que pudieron
reunir con gran diligencia en toda la provincia; sombreros, pañuelos
ordinarios, cuentas de cristal, frutas secas, etc., para regalar;
preliminar indispensable para alcanzar cualquier negación
con los indios.
A las 8 de
la mañana del... de septiembre de 1.816, los caciques Toriano,
Pellalaf, Yanquetruz, Finchitur, Angenau, Llancamilla y Ñancuñán,
entre otros se aproximaron a la explanada del Fuerte con el todo
de la pompa de la vida salvaje a la cabeza de su gente de guerra;
trayendo a retaguardia a sus mujeres e hijos, y como entre ellos
está admitida la poligamia, el número de mujeres
era considerable. Los hombres tenían el pelo largo y suelto;
desnudos de cintura para arriba, llevan sus cuerpos pintados de
diferentes colores; sus cabellos también iban aderezados
en la misma forma que cuando van a la guerra; en fin, hombres
y caballos estaban como para el acto de combate.
A cada Cacique
le precedía una pequeña partida de caballería
del ejército patriota, enviada por el General para en proporción
de que la tribu avanzara, hacer fuego sin bala con sus pistolas
en forma de salva o celebridad, pues este modo de introducir a
los indios a la presencia de los cristianos es un cumplido o etiqueta
que jamás dispensan. A proporción de que las tribus
iban llegando a la explanada, las mujeres y niños se separaban
e iban colocándose a un lado sin desmontar. Cuando todas
las tribus llegaron, los guerreros de una de ellas principiaron
un simulacro de combate, durante el cual, mantuvieron sus caballos
al escape o los hacían volver repentinamente sobre las
patas, dar corcoveos y saltar y hacer cabriolas alrededor en la
manera más extraordinaria.
Durante estos
ejercicios, un cañón del Fuerte disparaba cada cinco
minutos, a cuyo saludo contestaban los indios dándose palmadas
en la boca y dando los más horrorosos aullidos en señal
de contento. Esta especie de torneo ejecutado por la primera tribu,
duró un cuarto de hora, al cabo del cual, se retiraron
hacía el punto que ocupaban las mujeres y permanecieron
a caballo presenciando la ejecución de igual simulacro
de las otras tribus, que por su turno se iban presentando. Estos
marciales ejercicios duraron hasta la tarde, y la escolta del
Gral. San Martín, compuesta de una compañía
de caballería y doscientos milicianos, permanecieron formados
en orden de parada.
Publicado
el momento de entrar a conferenciar, éstas se principiaron
en la Plaza de Armas, donde el gobernador del castillo había
preparado una mesa cubierta con el paño de un púlpito
y banco para los Caciques y capitanes a guerra, que fueron las
únicas personas admitidas a conferenciar con el General.
Los indios, en la parte exterior, permanecieron formados y montados
manteniéndose alerta hasta saber el resultado. Al llegar
a la Plaza de Armas, fueron sentándose con arreglo a su
dignidad, primero los Caciques y luego los capitanes a guerra.
El Gral. San Martín ,el gobernador del Fuerte y el intérprete
se colocaron en un banco a la cabecera de la mesa. Como un acto
de cortesía, el Gral. les ofreció amigablemente
una copa de vino antes de entrar en negocios; pero ninguno lo
admitió, manifestando que si bebían no tendrían
sus cabezas la firmeza necesaria para fijar la debida consideración
al objeto que se habían reunido a discutir.
Entonces el
intérprete, que lo era el Fraile Francisco de Inalicán,
de la orden de San Francisco, les hizo una arenga en la cual les
recordó la buena inteligencia y amistad que había
existido entre los indios pehuenches y el General en Jefe que
confiaba en la continuación de la armonía felizmente
establecida entre ellos, y que los convocaba a una solemne conferencia
para cumplimentarles, ofreciéndoles algunas bebidas y regalos
y pedir permitiesen pasar al ejército patriota por el territorio
pehuenche para atacar a los españoles. A todo esto San
Martín agregó: "-Los realistas se están
preparando para venir contra ustedes y quitarles sus ganados,
sus tierras y sus hijos. Pero les voy a confiar que pasaré
con mis hombres por el Paso del Planchón y del Portillo.
Les pido que guarden un total silencio y que lo que aquí
les he dicho, no llegue a oídos de españoles.-"
Un profundo
silencio siguió a esta arenga y aquellos salvajes pintados
ofrecieron un espectáculo verdaderamente imponente por
espacio de un cuarto de hora, en cuyo tiempo todos daban la idea
de meditar profundamente sobre lo que acababan de oír.
Al fin el cacique más antiguo, llamado Ñancuñán,
rompió el silencio. Este era un anciano de ochenta años,
cabellos blancos y aspecto sumamente venerable, que al dirigirse
su discurso a sus hermanos, los otros jefes de las tribus, les
preguntó con tranquila circunspección, si eran de
opinión de que las propuestas que acababan de hacer los
cristianos debía o no aceptarse. La discusión que
siguió a esta pregunta la llevaron de un modo muy interesante;
cada jefe a su turno manifestó su opinión con la
mayor tranquilidad y sin la menor interrupción o signo
de impaciencia por parte de los demás.
Convenidos
en la contestación que debían dar, Ñancuñán
se dirigió al General y le dijo que los pehuenches, a excepción
de tres Caciques a los cuales el resto sabrían contener,
aceptaban sus proposiciones. Entonces todos se levantaron de sus
asientos, excepto los tres Caciques que no opinaban como la mayoría,
y en testimonio de su sinceridad abrazaron al General.
Como el pacto
se concretó y al observar San Martin que los tres caciques
descontentos se alejaban del lugar, se dirigió a Fray Francisco
y abrazándolo pronunció estas palabras: "Hemos
ganado la primera batalla”
Después,
sin perder un instante, el Cacique Millaguín salió
a comunicar a los indios que estaban en la explanada, que las
proposiciones de los cristianos eran tales que podían admitirse.
Estos, inmediatamente quitaron las sillas a sus caballos y se
los entregaron a los milicianos para que los sacaran a pacer y
enseguida fueron depositando sus lanzas, hachas y cuchillos (sus
únicas armas) en un cuarto para tenerlas guardadas allí
hasta la conclusión de 1as borracheras que infaliblemente
se siguen a toda conferencia de esta especie.
El depósito
voluntario de sus armas en manos de sus enemigos naturales, es
rasgo extraordinario del carácter indiano y la causa es
evitar el derramamiento de sangre entre los mismos durante la
horrible embriaguez, que forma una parte esencial de cada conferencia
pública; y la ciega confianza con que se desarman manifiesta
el elevado concepto que tienen de los sagrados derechos de la
hospitalidad y un convencimiento de la necesidad de desarmarse
todos durante la loca influencia del exceso de la bebida. El esmero
de las mujeres en separar todas las armas en tales momentos, causa
verdadero interés.
Colocadas
sus armas en el Fuerte, marcharon al corral donde habían
encerrado algunas yeguas para matar. Así que llegaron,
les echaron los lazos y tumbaron con su natural destreza; les
ataron las cuatro patas juntas, después les abrieron una
vena del cuello adonde iban a chupar la sangre de tiempo en tiempo,
en cuya operación las mujeres y los niños les precedieron.
Extraída la sangre del animal, lo cortaron y asaron en
muy poco tiempo, habiendo tenido gran cuidado de conservar la
piel para formar pozos y receptáculos en la forma siguiente:
Hacen una excavación en la tierra, de dos pies de profundidad
y cuatro o cinco de circunferencia, donde colocan la piel recién
sacada de la yegua, con el pelo hacia abajo y asegurada alrededor
del borde con pequeñas estacas de madera. En esta cisterna
de tan extraña y ruda invención, echan indistintamente
vino y aguardiente mezclados alrededor del cual se ponen en cuclillas
dieciséis o dieciocho hombres; el número de ellos
se aumenta en proporción de la gente que asiste al festín.
Las mujeres
no principian a beber hasta puesto el sol y lo hacen separadas
de los hombres; pero se colocan como ellos, alrededor de iguales
posos llenos de la misma mixtura. Cuatro o cinco mujeres de cada
tribu se abstienen de beber con las otras para tener cuidado de
sus compañeras cuando la razón principia a alejarse,
para que los caprichos de la embriaguez comiencen. La escena que
en seguida presentaron estas gentes, fue de una singularidad sorprendente.
Dos mil personas incluídas mujeres, niños y sirvientes,
estaban sentadas en círculos en la explanada, hablando
principalmente de sus fiestas o los hechos de sus mayores y el
entusiasmo de algunos llegó al punto de llorar al relatar
la historia de su familia.
Así
que el licor principió a ejercer su poderosa influencia,
todos hablaban a un tiempo, gritaban y aullaban de tal manera,
que el ruido que hacían podía ensordecer a cualquiera.
Las disputas, las riñas y los cachetazos, eran la inmediata
consecuencia de tal desorden, y como no tenían armas, algunos
que principiaron a reñir formalmente, se mordían
y daban patadas y se arrancaban a puñados los cabellos.
El alboroto de los hombres, la gritería, las carcajadas
y los chillidos de las mujeres, unidos al llanto y quejido de
los niños, formaban una combinación de sonidos tan
discorde y ofrecían escenas y pasiones tan diversas, que
si bien la imaginación concibe su efecto, la pluma no puede
describirlas dignamente. Pequeñas partidas de las milicias
patriotas colocadas expresamente para el objeto, estuvieron enteramente
ocupadas en separar los combatientes, pero a eso de la media noche
ya reinaba un silencio sepulcral. Hombres y mujeres estaban tendidos
en el suelo como si se hallasen en un letargo o en los brazos
de la muerte, excepto algunos pocos que aún podían,
arrastrando o revolcándose, adelantar algunos pasos, pero
la generalidad no tenía el menor movimiento. Este bárbaro
festín duró en la misma forma por tres días
consecutivos, esto es, hasta que consumieron la última
gota de licor. Consagraron un día al cambio de los presentes.
Cada Cacique regaló al General un poncho hilado, tejido
y hecho por sus mujeres. Algunos de los ponchos que aceptó
el General no carecían de mérito, particularmente
en la viveza del dibujo y la permanencia de los colores. Lo que
parecía apreciaron más los indios de los regalos
que recibieron, fueron 1os sombreros y los vestidos bordados o
galonados, cuyas prendas se ponían en el acto que llegaban
a sus manos.
El sexto día
recibió San Martin pliegos del General Pueyrredón,
que le avisaba hallarse en marcha desde Salta a Córdoba,
a cuya última ciudad salió San Martín a reunírsele.
El Gobernador del Fuerte quedó encargado de continuar haciendo
los honores. Los pehuenches permanecieron en San Carlos ocho días
más, por haber llegado algunos traficantes con vinos y
aguardientes desde Mendoza, con quienes los indios cambiaron sus
géneros por la mayor parte de los regalos que les había
hecho San Martín.
Al cabo de
una permanencia de quince días marcharon los pehuenches
a sus respectivas tribus, tan sumamente satisfechos del entretenimiento
o trato que habían recibido, que convinieron unánimente
en que los anales de la tradición no recordaban conferencia
tan espléndida.
Expedición
Libertadora
El director
supremo Juan Martín de Pueyrredón lo nombró
general en jefe del Ejército de los Andes y el 12 de enero
de 1817 se inició desde Mendoza el Cruce de los Andes en
dirección a Chile. Las fuerzas patrióticas vencieron
a los realistas en Chacabuco el 12 de febrero; entró en
Santiago dos días después y nombró a Bernardo
O'Higgins director supremo. En marzo regresó a Buenos Aires
para solicitar ayuda al Directorio para continuar su campaña
libertadora. Logra cierto apoyo económico y regresa a Chile,
donde las tropas sufren la derrota en Cancha Rayada el 19 de marzo
de 1818 y obtienen una victoria en Maipú el 5 de abril.
San Martín
y O’Higgins, contando con la ayuda de Lord Thomas Cochrane,
organizan una expedición por vía marítima
que partió el 20 de agosto de 1820 del puerto de Valparaíso.
El 12 de septiembre llegan al puerto de Pisco, Perú, para
finalmente llegar a Lima en julio de 1821. El día 28 San
Martín declara la independencia y es nombrado Protector
del Perú con autoridad civil y militar. Gobierna el Perú
desde el 28 de julio de 1821 hasta el 20 de septiembre de 1822.
Durante su
protectorado recibe un pedido de ayuda del general Antonio José
de Sucre, lugarteniente de Bolivar, para la campaña en
Ecuador. San Martín envía soldados que participaron
en las victorias de Riobamba y Pichincha, que garantizaron la
rendición de Quito. Entre los días 26 y 27 de julio
de 1822 se realiza la Entrevista de Guayaquil, donde se reune
con Bolívar. Poco después decide retirarse de todos
los cargos y volver a su país.
Vuelto a Mendoza
pidió autorización para regresar a Buenos Aires
y reencontrarse con su esposa que estaba gravemente enferma. Bernardino
Rivadavia, ministro de gobierno del gobernador Martín Rodríguez,
se lo negó argumentando que no sería seguro para
San Martín volver a la ciudad. Su apoyo a los caudillos
del interiory la desobediencia a una orden que había recibido
del gobierno de reprimir a los federales, le valió que
los unitarios quisieran someterlo a un juicio.
No obstante,
como la salud de su esposa empeoraba decidió viajar a Buenos
Aires, donde a su llegada ya ella había fallecido el 3
de agosto de 1823.
Al llegar
a Buenos Aires se le acusó de haberse convertido en un
conspirador. Desalentado por las luchas internas entre unitarios
y federales decidió marcharse del país con su hija,
quien había estado al cuidado de su abuela. El 10 de febrero
de 1824 partió hacia el puerto de El Havre, Francia. Tenía
45 años y era Generalisimo del Perú, Capitán
General de la República de Chile y General de las Provincias
Unidas del Río de la Plata. Luego de un breve período
en Londres, se instalaron en Bruselas y poco después en
París.
En 1825 redactó
las Máximas para Merceditas, donde sintetizaba cuáles
eran sus ideales educativos.
En 1828 intentó
regresar a Buenos Aires, aunque no llegó a desembarcar.
Por tres meses permaneció en Montevideo. El levantamiento
de su antiguo compañero Juan Lavalle contra el gobernador
Manuel Dorrego, el posterior fusilamiento de Dorrego, las rivalidades
y la profunda decepción que sentía por lo que acontecía
en la política del país fueron los motivos principales
para que San Martín decidiera instalarse definitivamente
en Europa.
Durante los
años en que duró su exilio San Martín mantuvo
contacto con sus amigos en Buenos Aires, en donde trataba de interiorizarse
de lo que sucedía en su país. Al enterarse, en 1827,
de la guerra que Argentina mantenía con Brasil, se ofreció
para luchar en ella pero nunca fue llamado.
En 1831 se
radicó en Francia en una finca de campo cercana a París.
Tres años más tarde se mudó a una casa en
Grand Bourg, en donde residió hasta 1848. Finalmente, en
marzo se trasladó a Boulogne-sur-Mer, en donde falleció
en 17 de agosto de 1850.
En 1861 sus
restos fueron trasladados a la bóveda de la familia González
Balcarce, ubicada en el cementerio de Brunoy, Francia. Posteriormente
hubo varios intentos de repatriarlos al país. Durante la
presidencia de Nicolás Avellaneda se creó la "Comisión
encargada de la repatriación de los restos del Libertador",
hecho que finalmente se produjo el 28 de mayo de 1880. Sus restos
descansan en la Catedral de la ciudad de Buenos Aires, frente
a la Plaza de Mayo, custodiado por soldados del cuerpo de Granaderos
a Caballo.
Encuentro
con amigos
Entre los
compatriotas que recibió durante su exilio se encontraron
Sarmiento, Alberdi y Alejandro Aguado. En 1843 recibe la visita
de Juan Bautista Alberdi. Entre 1845 y 1848 Domingo Faustino Sarmiento,
que viajó a Europa por encargo del gobierno de Chile, se
encontró con San Martín en Grand Bourg en varias
oportunidades. Durante estos encuentros se informaba constantemente
de los cambios y sucesos de la política argentina.
El testamento
ológrafo fue fechado en París el 23 de enero de
1844, dejando como única heredera a su hija Mercedes de
San Martín, casada con Mariano Balcarce. Otras cláusulas
fueron:
* Que Mercedes
otorgue a su tía María Elena una pensión
hasta su fallecimiento.
* Que a la muerte de María Elena le otorgue una pensión
a la hija de ésta, Petronila.
* Que su sable corvo fuera entregado a Juan Manuel de Rosas.
* Prohibió la realización de funerales y de acompañamientos
hasta el cementerio, aunque su voluntad era que su corazón
descansara en Buenos Aires.
Máximas
para mi hija
1. Humanizar
el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que
no perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la
ventana para que saliese: "Anda, pobre animal, el mundo es
demasiado grande para nosotros dos..."
2. Inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira.
3. Inspirarle una gran confianza y amistad, pero uniendo el respeto.
4. Estimular en Mercedes la caridad con los pobres.
5. Respeto sobre la propiedad ajena.
6. Acostumbrarla a guardar un secreto.
7. Inspirarle sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones.
8. Dulzura con los criados, pobres y viejos.
9. Que hable poco y lo preciso.
10. Acostumbrarla a estar formal en la mesa.
11. Amor al aseo y desprecio al lujo.
12. Inspirarle amor por la patria y por la libertad.
(Bruselas,
Bélgica, 1825)
En el año
2000 el escritor José Ignacio García Hamilton expone
en su libro Don José una versión controvertida acerca
del origen mestizo de San Martín. Esta versión se
basó en otra del historiador argentino Hugo Chumbita, en
donde el general sería hijo del español Diego de
Alvear, padre de Carlos María de Alvear, y de una joven
guaraní llamada Rosa Guarú. Según Chumbita,
Alvear habría entregado a José al matrimonio formado
por Juan de San Martín y doña Gregoria, quienes
lo bautizaron dándole su apellido. Para estas afirmaciones
Chumbita se basó en un libro de memorias de María
Joaquina de Alvear y Sáenz de Quintanilla (1823 - 1889),
hija de Carlos de Alvear.
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